La mano de mi madre golpeó la mesa con fuerza, haciendo vibrar los vasos.
—Mira a tu hermana —dijo con desprecio—. ¡Nos envía cuatro mil dólares todos los meses! Y tú… tú eres una hija desagradecida.
Abrí la boca para hablar.
—Pero en realidad…
—¡Ni se te ocurra apropiarte de los logros de tu hermana! —me interrumpió mi padre—. Si estás tan celosa, deberías aprender de ella.
Me llamo Lucía Moreno, y en ese momento entendí que cualquier palabra mía sería usada en mi contra. Me quedé en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, mientras mi hermana Valeria, sentada frente a mí, seguía comiendo como si nada. No negó nada. No corrigió nada. Su silencio fue la confirmación más cruel.
Aquella cena familiar no fue el inicio del problema, sino el momento en que todo quedó al descubierto. Un año antes, Valeria había perdido su empleo. Yo, en cambio, acababa de recibir un ascenso importante como ingeniera de proyectos. Por primera vez en años, podía ayudar. Nuestros padres tenían deudas médicas, la hipoteca se acumulaba, y yo no lo dudé.
—Yo enviaré el dinero —le dije a Valeria—. Tú vives más cerca de ellos, haz las transferencias por mí.
Parecía lógico. Familiar. Ella lloró de agradecimiento
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