Justo frente a Mia estaba Sarah, riendo a carcajadas, entreteniendo a un grupo de posibles inversores. Llevaba unos tacones de ante color crema: italianos, hechos a medida, y que costaban más de un mes de guardería.
Chapoteo.
El jugo golpeó los zapatos con un sonido húmedo y decidido. Salpicó, tiñendo la gamuza color crema de un violeta intenso y rociando el dobladillo del vestido esmeralda.
El cuarteto de cuerdas seguía tocando, pero el silencio en nuestro círculo era absoluto. Sarah bajó la mirada. Vio la mancha. Su rostro, tan beatífico hacía un momento, se transformó en una máscara de pura y fea rabia.
Capítulo 2: La Patada.
Por un instante, pensé que Sarah simplemente gritaría. Me preparé para el ataque verbal: los insultos de siempre sobre mi crianza, sobre la torpeza de Mia. Estaba lista para disculparme, para ofrecerme a pagar la limpieza, para retirarme a un segundo plano como siempre hacía para mantener la paz.
Pero Sarah no gritó. Todavía no.
Ella reaccionó con un instinto físico y violento que dejó sin aire la habitación.
“¡Bájate!” gritó Sarah.
Levantó la pierna derecha, la manchada, y pateó.
No fue un empujón suave. No fue un codazo para alejar a un perro. Fue una patada brutal, como un despeje, dirigida directamente a la fuente de su enojo. La punta de su zapato de suela dura impactó de lleno en la pequeña caja torácica de Mia.
Ruido sordo.
El sonido era empalagoso y sordo, un impacto hueco de cuero contra hueso.
¡Mami!, gritó Mia. Era un sonido agudo y áspero de puro terror y dolor. Salió despedida hacia atrás por la fuerza del golpe, aterrizando con fuerza en el frío suelo de mármol. Se hizo un ovillo al instante, agarrándose el costado, jadeando mientras intentaba respirar profundamente.