Me echaron cuando cumplí 55 años.



—Está bien —me levanté con calma, aunque por dentro me helaba—. ¿Cuándo debo dejar mi mesa?

No era la escena que esperaba. Quería lágrimas, súplicas, algún escándalo. Algo que lo hiciera sentir vencedor.
—Hoy mismo, si deseas. Recursos humanos ya prepara los documentos. Todo legal, tu indemnización incluida.

Me dirigí hacia la puerta, y antes de salir dije:
—Tienes razón, Ramón. La empresa necesita un salto. Y yo seré quien lo dé.

No lo entendió. Sonrió con suficiencia.

En la oficina nadie me miraba de frente. Tomé la caja de cartón ya lista en mi escritorio y empecé a guardar mis cosas: mi taza preferida, fotos de mis hijos, papeles. Al fondo puse el ramo de margaritas que mi hijo universitario me había dado la noche anterior.

Luego saqué lo que había preparado: doce rosas rojas —una por cada colega con el que trabajé todos esos años— y una carpeta negra atada con lazos.

Recorrí el piso entregando las flores, agradeciendo en voz baja. Hubo abrazos y lágrimas. Era como despedirse de una familia.
La carpeta era para él. Entré en su despacho sin llamar y la dejé encima de sus documentos.

—¿Qué es esto? —preguntó.
—Mi obsequio de despedida. Ahí tienes todos tus “saltos” de los últimos dos años: cifras, facturas, fechas. Seguro te parecerá… interesante.

Salí sin volver la vista.

Esa noche, casi a las once, mi teléfono sonó. Era él, con la voz alterada:
—María… He revisado la carpeta… ¿comprendes lo que significa?
—Perfectamente. No son sospechas: son pruebas. Firmas, transferencias, contratos.
—Si esto sale a la luz, la empresa se vendrá abajo…

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