Me echaron cuando cumplí 55 años.

Me echaron cuando cumplí 55 años. Y como despedida, repartí rosas a cada compañero, mientras a mi jefe le dejé sobre el escritorio una carpeta con los resultados de una auditoría secreta que había hecho por mi cuenta.

—María, tendremos que prescindir de ti —dijo don Ramón con esa voz melosa que siempre usaba cuando venía una puñalada disfrazada de cariño.
Se acomodó en su sillón de cuero, entrelazó los dedos sobre la barriga y añadió:
—La empresa necesita aire nuevo, sangre fresca. Tú lo comprendes, ¿verdad?

Lo miré fijamente: rostro bien cuidado, la corbata costosa que yo misma lo había ayudado a elegir en la última cena corporativa. ¿Entender? Claro que entendía. Los accionistas estaban reclamando una auditoría independiente, y él necesitaba apartar de su camino a la única persona que conocía a fondo la verdad: yo.

—Entiendo —contesté serena—. ¿Ese aire fresco es Lucía, la recepcionista que confunde el debe con el haber, pero tiene 22 años y celebra todas tus bromas?

Su gesto se endureció.
—No es cuestión de edad, María. Es tu método… ya está pasado. Necesitamos un “salto”.

Esa palabra llevaba repitiéndola meses. Yo había construido esa empresa junto a él, desde los días en que trabajábamos en una oficina húmeda con paredes desconchadas. Y ahora, que todo brillaba, yo ya no combinaba con la decoración.

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