Me casé con un hombre ciego porque pensé que no podía ver mis cicatrices, pero en nuestra noche de bodas, me susurró algo que me dejó helada.

Una semana después, los alumnos de Obipa nos sorprendieron con un álbum de fotos de su boda. Dudé en abrirlo, con miedo a lo que pudiera encontrar.

Nos sentamos juntos en la alfombra de la sala, pasando página tras página, llenas de risas y música.
Entonces apareció una fotografía que me dejó sin aliento.
No fue montada. No fue editada.

Me quedé cerca de una ventana, con los ojos cerrados, bajo la luz del sol, que me envolvía en suaves sombras.
Por una vez, parecía tranquilo, sin rastros.
Obipa me sujetó la mano con fuerza.

“Esa es la mujer que amo”, dijo.

En ese momento de quietud, entendí: la verdadera belleza no se encuentra en una piel perfecta, sino en el coraje de seguir viviendo, de seguir amando y de permitirse ser visto.

Una nota final de esperanza

Hoy camino con confianza.
Los ojos de Obipa, ya sea que vean sombras o luz, me revelaron la verdad:
la única visión que realmente importa es la que ve más allá del dolor y elige el amor.

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