El lujoso salón de eventos del hotel brillaba como un palacio de cristal.
Espléndidos candelabros colgaban del techo, cuya luz danzaba sobre las paredes doradas y los refinados vestidos de los distinguidos invitados. Entre este esplendor, Clara, la modesta conserje, se erguía con su escoba en mano. Llevaba cinco años trabajando allí, soportando en silencio las bromas y las miradas despectivas de quienes jamás se molestaban en aprenderse su nombre.
Sin embargo, esta noche era diferente a todas las demás. El dueño del hotel, Alejandro Domínguez, elogiado como el joven empresario más codiciado de la ciudad, ofrecía una gran celebración para presentar su recién lanzada línea de ropa de lujo. Clara solo estaba presente porque le habían ordenado que ordenara el salón antes de que llegaran los demás.
Pero el destino les tenía preparada una sorpresa. Cuando Alejandro entró con un llamativo traje azul y su habitual sonrisa segura, todas las miradas se posaron en admiración. Saludó a la multitud con una copa de champán. De repente, su mirada se posó en Clara justo en el momento en que un cubo de agua se le resbaló de la mano y cayó frente a los invitados. Una oleada de risas contenidas se extendió por el salón.
