Señor Ribas, tiene la palabra. Sea breve. Mauricio se puso de pie lentamente, irradiando una confianza que rayaba en la arrogancia. se acomodó el saco, sonrió levemente y habló con voz clara, asegurándose de que todos en la sala pudieran escucharlo. Meritísimo. Solo quiero dejar en claro que mi vida ha cambiado profundamente. Voy a ser padre nuevamente. Tengo responsabilidades que van más allá de este divorcio. Necesito asegurarme de que mi hijo, mi sangre tenga lo mejor que pueda ofrecerle.
Por eso solicito que se considere mi situación con seriedad. Verónica sonrió desde su asiento tocándose el vientre con una mano, como si estuviera bendiciendo al bebé que llevaba dentro. Algunos de los presentes murmuraron entre ellos. Un par de estudiantes de derecho intercambiaron miradas de desaprobación ante la teatralidad del momento. Renata mantuvo la mirada fija en la mesa frente a ella, sin moverse, sin reaccionar, como una estatua de serenidad, pero por dentro su corazón latía fuerte. Sabía que el momento crucial estaba por llegar.
El juez Méndez lo miró con frialdad, sin rastro de simpatía. Señor Rivas, sus responsabilidades paternas no son tema de esta audiencia. Estamos aquí para resolver su divorcio, no para celebrar su vida personal. Le sugiero que mantenga el enfoque en lo legal. Mauricio, sin inmutarse, insistió, levantó la barbilla proyectando todavía más confianza. Lo entiendo perfectamente, meritísimo, pero quiero que quede en actas documentado oficialmente, que soy un hombre que asume sus compromisos. Estoy emocionado de ser padre nuevamente. Es un nuevo comienzo para mí, una nueva familia, una nueva vida y planeo estar presente en cada momento.
El silencio que siguió fue incómodo. La sala entera parecía haber contenido la respiración. Algunos de los presentes miraron hacia Renata esperando alguna reacción, pero ella permaneció inmóvil. Cerró los ojos por un instante, sintiendo como las palabras de Mauricio buscaban herirla una vez más, como cuchillos verbales diseñados para recordarle que había sido reemplazada, que su matrimonio no significaba nada, que él estaba feliz sin ella. Pero entonces algo cambió. El juez Méndez abrió una carpeta manila que tenía frente a él, una carpeta que había estado ahí desde el inicio de la audiencia, pero que nadie había notado.
La abrió con movimientos deliberados, sacó un sobre blanco sellado con cinta adhesiva oficial del tribunal y lo sostuvo en alto para que todos pudieran verlo. Señor Ribas, antes de que sigamos celebrando su nueva paternidad, tengo aquí un documento que fue solicitado por este tribunal hace tres semanas. Se trata de la prueba de paternidad prenatal del feto que usted menciona con tanto orgullo y que ha usado como argumento legal en múltiples ocasiones durante este proceso. El rostro de Mauricio cambió instantáneamente.
La sonrisa confiada se congeló en su cara como una máscara de cera derritiéndose. Sus ojos se abrieron ligeramente, mostrando confusión, luego alarma. Verónica dejó de tocarse el vientre. Su mano cayó sobre su regazo, como si de repente el gesto le quemara. Miró al juez con los ojos muy abiertos, parpadeando rápidamente, procesando lo que acababa de escuchar. Mauricio tartamudeó. Paternidad. ¿Por qué? ¿Por qué habría una prueba de paternidad? Ese bebé es mío. No entiendo por qué el tribunal ordenaría algo así.
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