Verónica lucía un vestido blanco ajustado que resaltaba su vientre de 5 meses. El vestido era inapropiado para un juzgado, demasiado llamativo, demasiado teatral, como si quisiera convertir la audiencia en una pasarela. Llevaba el cabello ondulado suelto sobre los hombros. Maquillaje perfecto, tacones altos que resonaban con cada paso. Mauricio vestía un traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata, intentando proyectar una imagen relajada pero elegante. Ambos sonreían, cómplices, como si estuvieran en una alfombra roja y no en un juzgado donde se decidiría el fin oficial de un matrimonio de 8 años.
Mauricio saludó a su abogado, el licenciado Fernando Gutiérrez, con palmadas exageradas en la espalda. Rió fuerte. Habló en voz alta sobre un negocio reciente que acababa de cerrar, sobre un auto italiano que acababa de vender a un cliente millonario. Su voz llenaba la sala con una confianza insoportable. Ni siquiera miró hacia donde estaba Renata. Para él, ella ya no existía. Era solo un trámite, un obstáculo menor en su camino hacia su nueva vida feliz. Verónica, por su parte, se acomodó el cabello repetidamente, mirando a los asistentes de la sala como si esperara reconocimiento, como si esperara que alguien le pidiera una foto o un autógrafo.
Tocaba su vientre constantemente, un gesto calculado para recordarle a todos que estaba embarazada, que era la mujer que había conquistado al exitoso Mauricio Rivas. A las 10:05, la puerta lateral de la sala se abrió y el juez Rodrigo Méndez entró con su toga negra ondeando detrás de él. Todos los presentes se pusieron de pie automáticamente en señal de respeto. El juez Méndez era un hombre de 55 años, cabello completamente canoso, peinado hacia atrás con gel, lentes de armazón metálico, mirada penetrante que parecía atravesar a las personas y leer sus intenciones.
Tenía fama de ser uno de los magistrados más estrictos de Guadalajara, conocido por no tolerar la arrogancia, la mentira ni el desprecio en su sala. No le importaban los apellidos, ni el dinero, ni las influencias. Solo le importaba la ley y la justicia. caminó hacia su estrado elevado, se sentó, golpeó su martillo una vez y dijo con voz firme, “Pueden sentarse. Se inicia la audiencia de divorcio.” Caso número 2025/347, Calderón contra Rivas. Los abogados presentaron sus argumentos iniciales.
Patricia Domínguez fue clara, concisa y profesional. expuso la división de bienes acordada previamente. Recordó que la casa de Zapopan era propiedad heredada de Renata y, por lo tanto, no sujeta a división conyugal y señaló que las demandas económicas adicionales de Mauricio carecían de fundamento legal. Habló durante exactamente 7 minutos sin una palabra de más ni de menos. El licenciado Fernando Gutiérrez, abogado de Mauricio, en cambio, se extendió durante casi 20 minutos. Habló de las necesidades de su cliente, de su derecho a reconstruir su vida, de su próxima paternidad, que requería estabilidad económica, de gastos médicos futuros, de responsabilidades que lo esperaban.
Su discurso estaba diseñado para generar simpatía, para pintar a Mauricio como un hombre responsable que solo quería lo mejor para su futuro hijo. El juez Méndez escuchó todo sin interrumpir, pero su expresión mostraba clara impaciencia. Cuando el licenciado Gutiérrez finalmente terminó, el juez miró sus documentos y dijo, “¿Algo más que deseen agregar antes de proceder con la resolución? Mauricio levantó la mano como un niño en clase pidiendo permiso para hablar. El juez lo miró con un gesto de fastidio, pero asintió.
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