MARIDO CELEBRA EMBARAZO DE SU AMANTE EN DIVORCIO, PERO JUEZ SORPRENDE AL LEER LA PRUEBA DE ADN…

Abrió la conversación. Lo que vio le arrebató el aire de los pulmones. Mensajes cariñosos. Buenos días, mi amor. Te extraño. No puedo dejar de pensar en ti. Fotos íntimas. Una mujer joven de cabello largo y ondulado posando frente al espejo con ropa interior de encaje. Planes futuros. El próximo fin de semana podríamos irnos a Puerto Vallarta. Ya reservé el hotel. Renata sintió como el suelo desaparecía bajo sus pies. Las manos le temblaban mientras sostenía el teléfono. Leyó fecha tras fecha.

Los mensajes llevaban meses, desde julio, casi 4 meses de mentiras, de engaños, de traiciones diarias. Mauricio salió del baño envuelto en una toalla secándose el cabello. Al ver a Renata con su teléfono en las manos, se detuvo en seco. Su expresión cambió de sorpresa a culpa y luego a una frialdad que Renata nunca había visto en él. ¿Quién es su V, Mauricio?, preguntó Renata con voz quebrada, pero firme. Mauricio no respondió de inmediato, se quedó ahí de pie, calculando su respuesta.

Finalmente dejó escapar un suspiro y dijo, “Es Verónica. Verónica Sandoval. La conocí en un evento de la empresa. Renata sintió náuseas. ¿Desde cuándo? Desde julio. ¿La amas?” Mauricio guardó silencio. Ese silencio fue peor que cualquier confesión. Renata dejó el teléfono sobre la cama y lo miró directamente a los ojos. Quiero el divorcio. Mauricio no suplicó, no lloró, no pidió perdón, en cambio lo justificó. dijo que Verónica Sandoval, una influenciadora de 28 años con miles de seguidores en Instagram, lo hacía sentir vivo, admirado, joven.

Dijo que Renata se había vuelto aburrida, que solo hablaba de trabajo y responsabilidades, que ya no se arreglaba como antes, que ya no lo hacía sentir deseado. Las palabras cortaban como vidrio. Cada frase era un puñal directo al corazón. Renata escuchó todo en silencio. No gritó, no lloró frente a él. Se negó a darle esa satisfacción. Solo repitió con una firmeza que ni ella sabía que poseía. Quiero el divorcio, Mauricio. Mañana hablaré con un abogado. Esa noche Renata durmió en la habitación de huéspedes.

No pudo cerrar los ojos. Pasó horas mirando el techo, procesando todo, sintiendo como su mundo se desmoronaba. 8 años de matrimonio reducidos a nada. 8 años de esfuerzo, de amor, de entrega, tirados a la basura por un hombre que prefirió la novedad y la superficialidad sobre la lealtad y el compromiso. Mauricio aceptó el divorcio con una frialdad que dolió más que la traición misma. No hubo arrepentimiento, no hubo súplicas. A la mañana siguiente, cuando Renata le informó que había contactado a una abogada, él simplemente asintió y dijo, “Perfecto, mi abogado te contactará esta semana.” Y eso fue todo.

No hubo conversaciones sobre lo que había significado su matrimonio. No hubo cierre emocional, solo trámites legales, papeles, demandas. El abogado de Mauricio, un hombre de traje caro y actitud arrogante, presentó una demanda que exigía la mitad de todo lo que habían construido juntos. Eso incluía la casa de Zapopan, que Renata había heredado de sus padres fallecidos. La casa donde había crecido, donde guardaba recuerdos de su infancia, donde su madre había cocinado y su padre había cultivado el jardín.

Mauricio quería la mitad. Renata sintió una rabia profunda, pero la canalizó hacia adelante. Contrató a la licenciada Patricia Domínguez, una abogada con reputación implacable en divorcios conflictivos y se preparó para pelear. Durante los siguientes meses, Renata intentó mantener su vida normal. se refugió en el hospital, en sus pacientes, en las sonrisas de los niños que sanaban bajo su cuidado. Cada mañana se despertaba, se duchaba, se vestía y salía a trabajar como si nada hubiera cambiado. Atendía consultas, diagnosticaba enfermedades, recetaba tratamientos, sonreía a los padres preocupados, pero por dentro algo se estaba rompiendo afuera, en la ciudad.

Los rumores crecían. Verónica Sandoval no tenía vergüenza ni discreción. Publicaba fotos con Mauricio en sus redes sociales. Restaurantes elegantes en el centro de Guadalajara. viajes a Cancún, a Los Cabos, a Puerto Vallarta, cenas con amigos que antes eran también amigos de Renata, personas que ahora actuaban como si ella nunca hubiera existido. Cada publicación era una bofetada pública. Cada foto era un recordatorio de que había sido reemplazada, desechada, olvidada. Las amigas de Renata, con buenas intenciones, pero poca sensibilidad, le enviaban capturas de pantalla de las publicaciones de Verónica.

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