Renata no solo trataba enfermedades, ella sanaba con palabras suaves, con miradas comprensivas, con un toque maternal que iba más allá de lo médico. Cada mañana, después de ducharse y vestirse con su uniforme quirúrgico azul claro, tomaba su café solo, sin azúcar. mientras revisaba los casos del día en su laptop. Era metódica, organizada, disciplinada. Su vida profesional era un reflejo de su personalidad. Estructurada, eficiente, predecible. Mauricio Rivas, su esposo, era todo lo contrario. Él era dueño de Rivas Motors, una distribuidora de autos lujo ubicada en la zona financiera de Guadalajara.
vendía marcas europeas caras, organizaba eventos exclusivos para clientes VIP y se movía en círculos sociales donde las apariencias lo eran todo. Mauricio era carismático, encantador, sabía cómo conquistar a la gente con su sonrisa amplia y su verbo fácil. Al principio de su relación, eso fue precisamente lo que enamoró a Renata, su capacidad de iluminar cualquier habitación con su presencia. Él la hacía sentir especial, admirada, deseada. Le decía que era la mujer más inteligente que había conocido, que su dedicación a salvar vidas lo inspiraba a ser mejor hombre.
Renata creyó cada palabra. Se casaron en una ceremonia íntima en Tequila, Jalisco, rodeados de amigos cercanos y familiares. Fue una boda sencilla, pero llena de significado. Mauricio lloró al verla entrar con su vestido blanco y Renata pensó que había encontrado al hombre con quien envejecería. Pero en los últimos dos años algo había cambiado. Los cambios fueron sutiles al principio, casi imperceptibles. Mauricio empezó a llegar tarde a casa. Decía que tenía reuniones con inversionistas, cenas de negocios, eventos de la empresa.
Renata no desconfiaba, confiaba plenamente en él porque así funcionaban los matrimonios, pensaba ella, con fe ciega en el otro. Pero luego vinieron otros detalles. Mauricio olía diferente cuando llegaba. No era su loción habitual, sino un perfume dulce, floral, femenino. Cuando Renata le preguntaba, él decía que había abrazado a clientas en despedidas cordiales. Ella aceptaba la explicación porque cuestionar significaba admitir que algo andaba mal. Mauricio también empezó a responder mensajes a escondidas. se levantaba de la mesa durante las cenas, se encerraba en el baño con el teléfono, sonreía mientras escribía.
Cuando Renata le preguntaba quién era, él decía que eran proveedores, socios, asuntos laborales. Renata quiso creerle porque amarlo era más fácil que aceptar la verdad. Amarlo era más cómodo que enfrentar la posibilidad de que su matrimonio se estuviera desmoronando. Renata intentó hablar con él varias veces. Una noche de septiembre, después de que Mauricio llegara pasadas las 11, ella lo esperó despierta en la sala. “Mauricio, necesitamos hablar”, le dijo con voz calmada, pero firme. Él la miró con fastidio.
“¿De qué, Renata? Estoy cansado, necesito dormir. Renata insistió. Siento que ya no pasamos tiempo juntos. Siento que me estás evitando. Mauricio suspiró exageradamente, como si estuviera lidiando con una niña caprichosa. No te estoy evitando. Estoy trabajando. Estoy construyendo un futuro para nosotros. ¿No es eso lo que querías? Renata no supo qué responder. Él subió a la habitación y cerró la puerta. Ella se quedó en la sala mirando las fotos de su boda colgadas en la pared, preguntándose en qué momento todo había dejado de funcionar.
Una tarde de octubre, mientras buscaba el número de teléfono de un proveedor de materiales médicos que Mauricio había mencionado semanas atrás, Renata tomó el celular de su esposo que había dejado cargando en la sala. Mauricio estaba en la regadera. Renata desbloqueó el teléfono. Conocía la contraseña porque siempre había sido la fecha de su aniversario. Pero cuando entró notó algo extraño. Había una conversación en WhatsApp con un contacto guardado simplemente como V. Renata sintió un presentimiento oscuro en el estómago.
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