MARIDO CELEBRA EMBARAZO DE SU AMANTE EN DIVORCIO, PERO JUEZ SORPRENDE AL LEER LA PRUEBA DE ADN…

Golpeó el martillo una última vez. El sonido resonó como el cierre de un capítulo, como el final definitivo de una historia que había causado tanto dolor. La audiencia terminó con el último golpe del martillo del juez Méndez. El magistrado se retiró por la puerta lateral con su toga negra ondeando detrás de él, dejando atrás una sala llena de susurros, miradas cómplices y un silencio tenso que todavía vibraba con la revelación recién escuchada. Los abogados comenzaron a recoger documentos, guardando expedientes en portafolios de piel, organizando papeles con movimientos mecánicos.

El secretario del tribunal tecleaba los últimos detalles del acta. Los estudiantes de derecho salían comentando entre ellos lo que acababan de presenciar, conscientes de que ese caso se convertiría en anécdota durante años en las aulas de la facultad. Renata permaneció sentada unos segundos más sin moverse, procesando todo lo que acababa de presenciar. Sus manos seguían sobre la mesa de madera, quietas, serenas. No sentía euforia, no sentía triunfo explosivo. Lo que sentía era algo más profundo, más duradero.

Cierre. La justicia había llegado sin que ella tuviera que gritar, sin que tuviera que vengarse, sin que tuviera que rebajarse al nivel de quienes la habían traicionado. La verdad había hecho su trabajo y eso era suficiente. Patricia Domínguez le tocó el hombro suavemente, sacándola de sus pensamientos. Renata, es momento de irnos. Ya terminó todo. Renata asintió lentamente, se puso de pie con movimientos pausados, tomó su bolso de piel café que había dejado en el respaldo de la silla y respiró hondo una última vez antes de caminar hacia la salida.

Mientras avanzaba por el pasillo central de la sala, pasó junto a Mauricio, que seguía de pie cerca de su mesa, pálido como un papel, mirando al vacío con ojos vidriosos. Su abogado intentaba hablarle, pero Mauricio no parecía escucharlo. Estaba en shock, procesando la magnitud de la humillación pública que acababa de sufrir. Verónica estaba sentada dos sillas más allá, con la cabeza hundida entre las manos, sollozando en silencio, rodeada de miradas de desprecio de los presentes. Algunas personas la miraban con lástima, otras con juicio, pero nadie se acercaba a consolarla.

Renata pasó junto a ellos sin detenerse. No les dirigió la palabra, no los miró. No había nada que decir. La verdad había hablado por ella más fuerte que cualquier discurso que pudiera dar. Salió de la sala con Patricia a su lado. Cruzaron el pasillo de mármol del palacio de justicia. Bajaron las escaleras interiores y finalmente llegaron a la puerta principal del edificio. Afuera, el sol de mediodía era cegador. La luz de mayo en Guadalajara es intensa, brillante, calurosa.

Renata parpadeó varias veces, ajustando su vista después de haber estado en el interior del tribunal durante más de 2 horas. Apenas puso un pie en las escaleras exteriores, los reporteros que habían estado esperando afuera se abalanzaron sobre ella. Había al menos una docena con cámaras, grabadoras, micrófonos. Las preguntas llegaron todas al mismo tiempo, superponiéndose unas con otras en un ruido ensordecedor. Doctora Calderón, ¿cómo se siente después de la revelación? ¿Sabía usted que el bebé no era de su exesposo?

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