MARIDO CELEBRA EMBARAZO DE SU AMANTE EN DIVORCIO, PERO JUEZ SORPRENDE AL LEER LA PRUEBA DE ADN…

Pido la atención de todos en esta sala. Aquí está el resultado de la prueba. Marido celebra embarazo de su amante en divorcio, pero juez sorprende al leer la prueba de ADN. El tribunal lucía imponente esa mañana de mayo. El sol entraba por los ventanales altos, iluminando la sala con una claridad casi divina. Renata Calderón permanecía sentada, las manos sobre la mesa respirando profundo mientras observaba como Mauricio Rivas entraba al juzgado tomado de la mano de Verónica Sandoval, su amante, quien lucía un vestido blanco ajustado que resaltaba su vientre de 5 meses.

Ambos sonreían cómplices, como si estuvieran en una alfombra roja y no en un lugar donde se decidiría el fin de 8 años de matrimonio. Mauricio se puso de pie cuando el juez le concedió la palabra, irradiando confianza. meritísimo. Solo quiero dejar claro que mi vida ha cambiado. Voy a ser padre nuevamente. Tengo responsabilidades que van más allá de este divorcio”, dijo con orgullo mientras Verónica se tocaba el vientre con una sonrisa triunfal. Renata cerró los ojos por un instante, sintiendo como cada palabra buscaba herirla una vez más.

Pero entonces el juez Rodrigo Méndez abrió una carpeta que tenía frente a él, sacó un sobre blanco sellado y lo sostuvo en alto. Señor Rivas, antes de que sigamos celebrando, tengo aquí un documento que fue solicitado por este tribunal hace tres semanas. Se trata de la prueba de paternidad prenatal del feto que usted menciona con tanto orgullo. El rostro de Mauricio cambió, la sonrisa se congeló. Verónica dejó de tocarse el vientre y miró al juez con los ojos muy abiertos.

El juez Méndez rompió el sello del sobre, ajustó sus lentes y comenzó a leer en voz alta: Examen de paternidad prenatal no invasiva. Resultado: incompatibilidad genética, probabilidad de paternidad, 0%. Mauricio Rivas, no es el padre biológico del feto en gestación. El silencio que siguió fue ensordecedor, pero para entender cómo se llegó a ese momento devastador, era necesario regresar varios meses atrás, cuando la vida de Renata Calderón todavía parecía tener sentido. Renata despertaba cada mañana a las 5:30 en su casa de Guadalajara, una residencia amplia en Zapopán que alguna vez estuvo llena de risas, planes compartidos y promesas de un futuro juntos.

La casa tenía tres recámaras, un jardín trasero con bugambilias que Renata cuidaba personalmente cada fin de semana y una cocina donde solía preparar desayunos elaborados los domingos cuando Mauricio todavía se quedaba en casa. Era un hogar que respiraba estabilidad, construido con esfuerzo y amor durante 8 años de matrimonio. Ella era pediatra en el hospital civil de Guadalajara, conocida por su paciencia infinita con los niños y su dedicación inquebrantable. Sus colegas la admiraban. Los padres de sus pacientes confiaban ciegamente en ella y los niños le regalaban dibujos que ella pegaba en las paredes de su consultorio.

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