—Mamá… lo recuerdo —dijo el hijo, señalando al niño de la calle—. Estaba en tu vientre conmigo.

“Quiero ver a mi hermano”, repetía una y otra vez.

Ricardo intentó calmarlo, pero Daniela ya no pudo. Algo dentro de ella, por primera vez en años, dejó de huir.

“Vamos a la plaza”, dijo.

Ricardo la miró como si no la reconociera. "¿Estás segura?"

—No. Pero necesito saberlo.

En la plaza, Pablo estaba sentado solo con un pedazo de pan duro. No había rastro de la tía Consuelo.

Mateo salió corriendo y lo abrazó como si se reencontrara con una parte de sí mismo.

Ricardo se quedó sin palabras. «Dios mío… Daniela… son idénticas».

Daniela asintió, sintiendo una mezcla de miedo y esperanza.

¿Dónde está la tía Consuelo?, preguntó Mateo.

—Fue al hospital anoche —respondió Pablo con los ojos hinchados—. No sé cuándo volverá.

Ricardo se agachó frente al niño. "¿Tienes cinco años?"

Creo que sí. La tía Consuelo dijo que nací el día que hay fuegos artificiales en el cielo.

Daniela se puso pálida.

“Mateo nació en Nochevieja”, susurró.

El mundo se detuvo por un instante. Entonces, como si alguien hubiera tirado una ficha de dominó, todo empezó a derrumbarse.

Fueron al hospital. Tras insistir, una funcionaria del registro civil, Doña Guadalupe, encontró el expediente del nacimiento. Faltaban páginas. Y en una página, apenas visible, algo escrito a lápiz: «embarazo múltiple». Borrado. Como si alguien hubiera querido borrar también la verdad.

“¿Quién podría tocar estos archivos?” preguntó Daniela.

“Familiares directos… su marido… su madre… su suegra”, respondió doña Guadalupe.

El nombre de Doña Esperanza apareció como una sombra.

Doña Esperanza: la suegra elegante, rígida y controladora. La misma mujer que, ese día en el hospital, «ayudó con el papeleo» durante horas mientras Daniela estaba inconsciente. La misma mujer que siempre afirmaba saber lo que era «mejor para la familia».

Daniela sintió un escalofrío recorrer sus venas.

Esa tarde, sin previo aviso, fueron a casa de doña Esperanza. Una mansión en un barrio lujoso, tan perfecta que parecía diseñada para ocultar sus defectos.

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