
Tres horas después, cuando Rafael y la mujer regresaron, la policía los esperaba. Maricel llegó a casa y se quedó paralizada, conmocionada, al ver a su esposo esposado. Rafael forcejeó:
¡Mamá! ¿Por qué me haces esto?
Respondí fríamente:
“Si no hiciste nada malo, ¿por qué temer las consecuencias?”
Maricel se derrumbó en lágrimas. Vi su devastación.
Esa noche le conté todo. Ella escuchó en silencio, sollozando:
“Mamá, si no hubieras estado aquí, lo habría perdido todo”.
Semanas después, se supo la verdad: Rafael estaba hundido en deudas de juego y había planeado robarle a Maricel y fugarse con su amante. Incluso falsificó documentos para el traspaso de la casa.
El día del veredicto, Rafael mantuvo la cabeza gacha, incapaz de sostener mi mirada. Un hombre que lo tenía todo lo había perdido por la avaricia.
Ahora, Maricel y yo vivimos en un pequeño apartamento en Ciudad Quezón, con plena confianza la una en la otra. La gente me pregunta si me arrepiento de haber llamado a la policía. Yo solo sonrío:
Si me hubiera quedado callada, mi hija no habría estado a salvo. Mi yerno habría sido quien lloraría en la cárcel.
Todavía recuerdo ese momento asfixiante en el armario: el día en que descubrí la verdad, el día en que se me rompió el corazón y, sin embargo, me volví más fuerte como madre.
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