El hombre levantó el rostro. Sus ojos azules estaban cansados, pero vivos.
—Estamos… esperando —dijo con una voz que parecía hecha de polvo—. Nuestro hijo dijo que vendría por nosotros. Hace… tres días.
La frase le tocó a Ana en el pecho. Tres días. No podia ser. ¿Como alguien deja a sus padres en un punto de carretera como si fuera un paquete perdido? Isabela se removió y empezó a llorar, pidiendo comida, pidiendo calor. Ana miró al bebé, luego al matrimonio… y sintió algo que la obligaba a quedarse. No era solo Lástima: era una alarma interna, una certeza silenciosa de que aquello no era una simple escena triste. Era una puerta abierta hacia algo mucho más grande.
—Vengan conmigo —dijo antes de pensarlo demasiado—. No sé cómo lo vamos a hacer… pero de aquí salimos juntos.
En ese momento, sin saberlo, Ana acababa de mover una pieza en un tablero que llevaba años esperando ser sacudido. Y el viento helado, que antes solo parecía invierno, empezó a sonar como una advertencia.
El anciano se presentó como Francisco; la mujer, Helena. “Venimos del interior”, explicó él, y en su voz se mezclaban orgullo y vergüenza. Helena abrió los ojos por fin: verdes, hondos, cargados de un cansancio antiguo.
—Rodrigo nos dijo que nos llevaría a vivir con él en la capital. Vendimos la casa… la tierra… todo —murmuró ella.
Ana miró alrededor. No vio maletas, ni bolsas, ni nada.
—¿Y sus cosas?
Francisco bajó la mirada.
—Un muchacho pasó ayer. Dijo que las guardaría mientras esperábamos. No volví.
Aquello encendió algo en Ana. Crueldad sobre crueldad, como si a la gente buena la empujaran siempre un poquito más cerca del borde.
Isabela lloró con fuerza, y Ana sintió el tiempo apretándola: su entrevista era a las diez. Ya pasaban de las nueve. Si llegaba tarde, adiós. Si se iba ahora, dejaba a dos ancianos sin desayuno, sin abrigo, sin nada. Abrió su bolso: dos rebanadas de pan, una mamadera lista, y quince reales. Todo lo que tenía.
Partió el pan en dos y se lo tendió a Francisco y Helena.
—Coman. Yo… buscaré un teléfono. Haré algo. Lo prometo.
Caminó hasta una tiendita cercana. El dueño, don Mario, tenía cara de pocos amigos.
—¿Asistencia social un domingo? Olvídese —gruñó—. Y la policía… si viene, tardará horas.
—¡Son personas! —la voz de Ana le salió más fuerte de lo que esperaba—. ¡Personas!
Volvió al refugio con el corazón pesado. El autobús apareció a lo lejos, como una última llamada. Ana lo vio acercarse y entendió que ese momento la definiría: o elegía su pequeña posibilidad de empleo, o elegía a dos desconocidos que temblaban como hojas.
Cuando el vehículo frenó, Ana ya había decidido.
—Vengan —ordenó con una ternura firme, extendiendo la mano.
—Pero, muchacha… tú tienes tu bebé —protestó Francisco.
—Precisamente por eso. Porque un día mi hija me va a mirar a los ojos y yo necesito saber que fui una madre de verdad.
Subieron. Ana pagó tres pasajes con sus últimos quince reales. En el instante en que el conductor arrancó, Ana se quedó sin dinero, sin plan y sin retorno. Sin embargo, cuando Helena la miró con lágrimas y le apretó la mano, Ana sintió algo parecido a una victoria: una victoria pequeña, humana, de esas que no salen en las noticias.
No sabía que la verdadera tormenta apenas estaba empezando.
El autobús avanzó por la carretera y, al rato, el conductor se puso tenso.
—Hay un coche policial detrás, con sirena. Me están indicando que pare.
El corazón de Ana se cayó al estómago. ¿Por qué? ¿Qué había hecho?
Dos agentes subieron. El mayor miró directo a Francisco.
—Señor Francisco Almeida.
Francisco palideció.
—Sí…
—Usted y su esposa deben acompañarnos. Hay un reporte de ancianos desaparecidos.
Ana sintió alivio. Por fin ayuda oficial. Pero el alivio duró un segundo.
—Y usted —dijo el agente, mirándola—, ¿quién es?
—Ana María. Solo los estaba ayudando.
—¿Ayudando… o secuestrando?
La palabra la dejó helada. El mundo se le volvió absurdo, como si de pronto el bien y el mal hubieran cambiado de etiqueta. Helena se levantó, temblando, indignada.
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