Ana María sintió que el invierno le caía encima de aquella mañana de junio. El aire era tan frío que le cortaba la cara, y la carretera —larga, vacía, gris— parecía un lugar donde el mundo olvidaba a la gente. Con apenas veintitrés años, sostenía a su hija Isabela, de cinco meses, envuelta en una manta gastada que ya había visto demasiadas noches duras. El autobús que debía llevarla a una entrevista de trabajo no llegaba. Dos horas de espera. Dos horas de mirar el horizonte como si la vida pudiera aparecer en forma de un vehículo a lo lejos.
—Va a salir bien, mi amor… —susurró, besándole la frente a la bebé.
Isabela dormía sin saber que su madre llevaba semanas alimentándose a base de pan, paciencia y esperanza. Ana había aprendido a mentirle al miedo: a decirle “hoy no” aunque el miedo estuviera sentado a su lado.
Y fue entonces cuando escuchó un gemido.

En el banco de madera del refugio, casi escondidos en la sombra, había un matrimonio de ancianos. Estaban encogidos, temblando, con las manos aferradas una a la otra como si solo ese contacto les impidiera desmoronarse. Él rondaba los setenta y tantos: barba canosa sin cuidar, ropa rota, pero una postura extraña… una dignidad que el frío no había logrado apagar. Ella tenía los ojos cerrados, el rostro pálido, y apretaba la mano de su marido como quien sostiene la última cuerda antes de caer.
Ana se acercó despacio, como si temiera asustarlos o despertar una tristeza demasiado grande.
—Señora… ¿está bien? —pregunto.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
