MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

En la cocina, vio a Isabel preparando café instantáneo. Le arrebató el frasco y lo tiró al piso.

—¡Basura! Odio la pobreza y la resignación en mi casa.

Luego impuso sus “nuevas reglas”:

No sentarse en el sofá principal.
No hablar con mis amigas.
No usar la alberca.
Hablar solo cuando yo lo permita.

Lucía limpió el desastre en silencio y luego, a escondidas, preparó para Isabel un espresso en la cafetera de lujo.

—A veces un buen café ayuda a soportar el veneno —susurró.

Los días siguientes fueron un infierno. Valeria humillaba a Isabel frente a Lucía, frente al personal, incluso frente al espejo. “Accidentalmente” la empujó por la escalera de servicio. Isabel logró sujetarse del barandal, pero terminó con el hombro y el brazo llenos de moretones. Lucía fue testigo y supo que no fue un accidente, pero calló por miedo a perder el trabajo.

Una mañana, Alejandro se sentó a solas con su madre en la biblioteca. La abrazó y se disculpó por no estar atento. Al tomarle el brazo, la manga se levantó y dejó ver los moretones.

—¡Mamá! ¿Qué es eso?

Isabel respiró hondo, a punto de decir toda la verdad. En ese instante, Valeria irrumpió con un sobre en la mano.

—¡Amor! —gritó emocionada—. ¡El club campestre aceptó la fecha de la boda! ¡Principios de junio, solo faltan dos meses!

Alejandro olvidó los moretones al instante y la abrazó, saltando de felicidad. Isabel miró la alegría ingenua de su hijo y las palabras se le atoraron en la garganta.

“¿Cómo voy a destruir el momento más feliz de su vida?”, pensó.

Valeria fue más lejos. Empezó a decir que Isabel estaba “confundida”, que olvidaba cosas, que hablaba sola. Luego fabricó un folleto falso de un supuesto centro de retiro de lujo llamado Villa Serenidad. En realidad, era el asilo más barato y miserable de la región, a cientos de kilómetros de la ciudad.

Isabel escuchó la conversación desde el despacho. Se le cayó la charola de té, haciéndose añicos. Valeria corrió a actuar.

—¡Suegra! Me asustó muchísimo. Seguro está cansada, vamos a su cuarto.

Alejandro le creyó todo y pidió a Lucía que limpiara.

Valeria cerró con llave el cuarto de Isabel y susurró:

—Si arruina mis planes, se va a arrepentir.

Pero Isabel ya no era la mujer aterrada de antes. Decidió defenderse. Al día siguiente, fingió arreglar el jardín y se escondió tras unos rosales cerca de la alberca. Valeria tomaba el sol y hablaba por teléfono con su amiga Brenda, en altavoz.

—La vieja ya descubrió lo del asilo, pero Alejandro cree que es un spa de lujo. Una vez allá, diré que hubo engaño, que el contrato es por un año y romperlo cuesta una fortuna… Luego dejaré de visitarla poco a poco, hasta que se pudra sola en ese agujero. Ese será mi verdadero regalo de bodas.

Isabel, temblando, activó la grabadora. Ya tenía la prueba.

El tiempo corría. Valeria había programado llevarse a Isabel al “retiro” a la mañana siguiente, justo un día antes de la fiesta de compromiso. Alejandro tendría reuniones todo el día.

Esa noche, Valeria entró con una maleta de plástico barato.

—Empaque. Mañana a las nueve pasa el coche. Alejandro no sabe nada… es demasiado bueno para hacer esto. Menos mal que me tiene a mí.

Isabel la miró fijamente.

—No me voy a ir.

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