Lucía no fue al baile de graduación. Su madre le dijo que era una pérdida de tiempo. Y gastar dinero en un vestido nuevo que probablemente nunca volvería a usar no tenía sentido Se suponía que la noche del baile de graduación sería un puente entre la infancia y la edad adulta, pero para Lucía, se convirtió en un portazo que se cerró justo delante de ella. El aire en el pequeño apartamento de Valencia era denso y viciado, con olor a col hervida y sueños incumplidos.

¿Quieres ir a un baile? ¿Quieres que te compre un vestido? La voz de su madre, Carmen, era plana como una tabla y fría como el filo de un cuchillo. Eso es una tontería. Gastar dinero en una prenda que usas una vez y luego tiras... es la mayor locura

Lucía miraba en silencio por la ventana, donde el atardecer teñía el cielo de un rojo vino. En su mente, imaginó el vestido con el que soñaba: azul claro, como un trozo de cielo, hecho de una tela tan ligera que crujiría con cada paso.

—Recoge el diploma y ven directo a casa —continuó su madre con firmeza, mientras se anudaba el delantal—. Luego lleva a Diego a practicar. ¡Está deseando que llegue!

—Pero, mamá... —La voz de Lucía se quebró—. ¿Cómo puedo irme así? Todos se tomarán fotos, se despedirán... ¿Puedo quedarme al menos al principio? Luego me iré tranquilamente, te lo prometo...

Carmen se giró lentamente hacia ella. Sus ojos, grises y profundos como un pozo abandonado, se clavaron en los de su hija. No había ni una pizca de calidez en ellos, solo cansancio y una rancia molestia.

Ya lo he dicho. No me hagas repetirlo dos veces.

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