—Hoy.
En el Centro de Trauma San Judas, semanas después, la sala de descanso de 4 Oeste ya no era un circo.
Una enfermera nueva batallaba con una caja pesada. Gera la vio y, sin pensarlo demasiado, se acercó.
—Déjame —dijo, cargándola—. Te ayudo.
La enfermera sonrió, sorprendida.
En una esquina, el casillero que había sido de Sofía seguía vacío. Alguien pegó una foto borrosa de cámara de seguridad: una mujer de pie entre humo, sosteniendo algo como escudo, con el rostro manchado y los ojos firmes.
Abajo, escrito con plumón negro, solo decía una palabra:
RESPETO.
Y nadie volvió a reírse de una persona silenciosa en esos pasillos.
Porque, desde aquella noche, todos entendieron algo simple y brutal:
que a veces la persona que parece más pequeña… es la única capaz de sostenerte cuando la vida se desangra.
