Los médicos se rieron de la “nueva enfermera”… hasta que el comandante SEAL herido la saludó.

Esa noche, el San Judas dejó de ser un hospital “de élite” y se convirtió en un lugar donde el miedo olía a metal.

Hubo apagones. Hubo pasos acelerados. Hubo sombras en los pasillos.

Sofía no tenía un arma. Tenía lo que siempre tuvo: cabeza, manos, y la terquedad de no abandonar a nadie.

Organizó a los que antes se burlaban.

—Pacientes al interior. Lejos de ventanas. Cierren accesos. Nadie se asome.

Gera, el mismo que le aventó una bata, temblaba tanto que casi no podía hablar.

—¿Qué… qué hago?

Sofía lo miró una fracción de segundo.

—Respira. Y haz lo que te digo. Hoy no eres “doctor”. Hoy eres útil. Y eso basta.

Cuando las cosas estallaron, no hubo heroísmo bonito. Hubo decisiones rápidas. Hubo gritos. Hubo gente llorando.

Sofía se movió como alguien que ya había caminado en la oscuridad.

Y cuando al fin las sirenas de afuera se acercaron, cuando las autoridades llegaron tarde como siempre, el hospital seguía en pie.

No porque fuera moderno, ni porque tuviera equipo de última generación.

Sino porque una mujer con scrubs grandes y manos temblorosas se negó a dejar que la historia terminara ahí.

Días después, en un hangar discreto de la Marina, el sol caía naranja sobre el asfalto. Sofía esperaba recargada en una reja, con el brazo vendado y una curita cerca del ojo.

El barbón —que en realidad se llamaba Héctor “Holandés” Duarte— llegó primero, esta vez sin audífonos, limpio, con uniforme de gala.

Reyes bajó del auto con muletas, pero de pie. Se acercó a Sofía como quien se acerca a alguien que le salvó algo más que el cuerpo.

—Me dijeron que rechazó cualquier medalla —dijo él.

Sofía se encogió de hombros, mirando el horizonte.

—No lo hice por eso. Solo… quería hacer mi trabajo.

Reyes sonrió, cansado.

—Hizo más que eso. Lo que traíamos… tumbó a media red de corrupción. Y la gente que nos cazaba ya no existe como antes.

Sacó una cajita de terciopelo.

—Oficialmente no podemos contar lo que pasó en un hospital. Pero nosotros sí podemos recordar.

La abrió.

Dentro había un pin pequeño: un ala dorada.

—Los muchachos votaron —dijo Reyes—. Ya no es “Ángel”. Ahora es Valquiria. Porque usted decide quién vuelve a casa.

Sofía tomó el pin con dedos que, por primera vez en mucho tiempo, no temblaron.

Se le hizo un nudo en la garganta, feo, humano.

—¿Y el San Judas? —preguntó.

Holandés soltó una risa breve.

—Tovar enfrenta cargos. Salcedo renunció. Y… Yesenia declaró todo. Dijo la verdad. Hasta se ofreció para capacitar al personal en protocolos reales, sin ego.

Sofía dejó escapar una sonrisa pequeña, casi incrédula.

Reyes la miró, serio.

—La oferta sigue. Necesitamos a alguien como usted. Sin aplausos, sin redes… solo misión. Y vida.

Sofía bajó la vista a sus manos. Las mismas manos que sostuvieron a desconocidos en la oscuridad. Las mismas que en un hospital quisieron llamar “riesgo”.

Luego miró el cielo, como si por fin pudiera escuchar el silencio sin que le gritara.

—¿Cuándo empezamos? —dijo.

Reyes asintió.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.