—Usted. No se mueva.
Los guardias tocaron sus cinturones.
—Señor, no puede—
El barbón ni los volteó a ver. Se plantó frente a Sofía, bajó la voz como si el mundo pudiera escuchar.
—El comandante Reyes la está pidiendo.
Sofía apretó la caja.
—Ya no trabajo aquí.
El barbón se giró despacio hacia el tumulto, y encontró a Tovar, que se había acercado para disfrutar el espectáculo.
—¿La despidieron? —repitió el barbón, y la palabra sonó como amenaza.
—Casi mata al paciente —gritó Tovar—. ¡Es un peligro! Sáquenla.
El barbón soltó una risa seca, sin humor.
—Yo vi el video. Y vi a un doctor gritando y a una mujer sosteniendo una arteria con pura vida en la mano. Y sé que ese doctor… no era usted.
Tovar palideció.
En ese instante, el elevador se abrió otra vez. Una enfermera empujaba una silla de ruedas, temblando de miedo.
En la silla venía el comandante Reyes, pálido, conectado a un monitor portátil, pero erguido. Cruzó el lobby con ojos de piedra hasta Sofía.
Se detuvo frente a ella.
Y, con el brazo tembloroso, levantó la mano a la frente en un saludo militar.
Los cuatro hombres a su alrededor hicieron lo mismo, al mismo tiempo. El golpe de sus botas contra el piso sonó como un trueno.
El lobby quedó en silencio absoluto.
—Teniente —raspó Reyes, usando un rango que nadie ahí le conocía a Sofía—. Otra vez me trajo de vuelta.
Los ojos de Sofía ardieron. No era “la muda”. No era “la señora”. No era “la limpieza”.
Por primera vez en años, alguien la veía completa.
Devolvió el saludo, despacio, con la espalda recta.
Tovar tragó saliva, atrapado en su propia mentira.
Salcedo apareció con la cara hecha pedazos, como si le hubieran movido el piso.
—Parece que hubo un… malentendido…
—No hay malentendido —dijo Sofía, con una calma que cortaba—. Yo renuncio.
—No —intervino Reyes, y su voz, aún débil, tuvo peso—. No renuncia. A usted no la corren. A usted… se le pide ayuda.
Antes de que Sofía respondiera, las puertas del hospital se abrieron de golpe. Entró un hombre de traje oscuro con portafolio, acompañado de dos agentes.
—¿Doctor Julián Tovar? —preguntó.
—Sí—
—Comité de Ética Médica. Nos llegó un paquete digital con video, audio y… inconsistencias en sus registros. Queda suspendido de inmediato. Agentes, acompáñenlo.
El rostro de Tovar se derrumbó como vidrio.
La gente del lobby, que hacía minutos murmuraba, empezó a aplaudir. Pero no por el cirujano famoso.
Aplaudían a Sofía.
El aplauso, sin embargo, murió rápido.
Porque el comandante Reyes se inclinó hacia Sofía y le apretó la muñeca con fuerza inesperada.
—No fue un ataque cualquiera —susurró—. Nos estaban cazando. Hay gente que quiere una llave… y si saben que estoy aquí, vienen por todos. Por civiles. Por pacientes.
Sofía sintió un frío conocido subirle por la espalda.
—¿Cuánto? —preguntó, y su voz volvió a tener ese ritmo táctico que el hospital jamás le escuchó.
El barbón miró su reloj.
—Minutos.
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