Los médicos se rieron de la “nueva enfermera”… hasta que el comandante SEAL herido la saludó.

Sofía lo empujó con un golpe seco de hombro. Gera chocó contra un carrito y soltó un jadeo.

—¿Qué demonios…? —Tovar volteó, furioso—. ¡Seguridad!

Sofía no lo miró. Miró la pierna del comandante, la zona alta, donde el pantalón táctico estaba roto y la sangre se escondía. Ahí estaba la traición del cuerpo: una herida pequeña, en el lugar exacto para vaciarte por dentro.

—Femoral —dijo Sofía, ya no susurrando. Su voz cambió, bajó, se volvió orden—. Detengan compresiones.

—¡Estás despedida! —rugió Tovar—. ¡Aléjate del paciente!

Sofía no parpadeó. Metió la mano donde nadie quería meterla, con una decisión brutal, ancestral. La sala se quedó muda de golpe.

—Miren el monitor —ordenó.

Tovar miró.

La línea plana tuvo un pequeño salto. Otro. La presión dejó de caer como piedra. El sangrado frenó, no por magia, sino por fuerza y conocimiento.

Yesenia abrió la boca, temblando.

—Se… estabilizó…

Sofía, con el rostro pálido y el sudor marcándole la sien, sostuvo esa vida con mano firme, aunque le temblaran los dedos.

—Pinza —dijo, sin pedir permiso.

Tovar se quedó congelado, incapaz de entender que “la muda” estaba sosteniendo al comandante.

—¡La pinza, doctor! —le ladró Sofía, y ahí sí Tovar obedeció, como si su cuerpo hubiera recordado quién manda cuando todo se incendia.

Después de eso, el equipo pudo trabajar el pecho. Sofía se retiró con calma, como si no acabara de arrancarle a la muerte un hombre frente a todos.

En el pasillo, el hombre barbón con cicatriz la vio pasar. La siguió con los ojos, atento a su leve cojera.

—No puede ser… —murmuró, como rezando—. Ángel.

Sofía apretó la mandíbula y siguió. Se encerró en el vestidor, se sentó en una banca y se cubrió la cara con las manos. Le dolía la espalda. Le dolía el pasado.

Sabía lo que venía: en el mundo civil, salvar a alguien no siempre te salva a ti.

Y no se equivocó.

A las pocas horas, el administrador Mauricio Salcedo escuchó a Tovar en su oficina.

—Agredió a un residente —mentía Tovar, perfecto—. Metió manos “no estériles”. Fue un riesgo. Yo tuve que intervenir y corregir.

Salcedo pensó en contratos, no en personas.

—Si se nos cae el convenio con Marina, nos hunden —murmuró.

—Entonces córrela. Revóquenle lo que sea. Hoy.

En Recursos Humanos, Sofía recibió la hoja como quien recibe un parte de guerra.

Terminación inmediata.

Entregó su gafete sin discutir. Solo pidió su caja: un estetoscopio barato, unos calcetines, y una foto enmarcada de un perro viejo que había sido su familia cuando no quiso ser familia de nadie.

Los guardias la escoltaron por el lobby lleno. Era cambio de turno. La gente se abría para verla pasar, como si fuera contagiosa.

—Te lo dije —murmuró Yesenia, pero su voz ya no sonaba tan segura.

Gera sonrió con rencor, con hielo en el pecho.

—A ver si te contratan en un Oxxo.

Sofía miró al frente. Ya había sobrevivido cosas peores que un comentario.

Iba a salir por las puertas automáticas cuando un grito retumbó y detuvo el aire.

—¡Alto!

Del elevador salieron cuatro hombres con paso de tormenta. El barbón iba adelante. Todos con esa mirada de los que han visto cosas que no caben en una sala de espera.

El barbón señaló a Sofía.

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