Los médicos se rieron de la “nueva enfermera”… hasta que el comandante SEAL herido la saludó.

—¿Quién empieza aquí con cuarenta y tantos? ¿Ya vieron cómo le tiemblan las manos?

Sofía, del otro lado de la puerta, ajustó el cuello de su scrub. Había escuchado todo. No se metió a defenderse. No levantó la voz. Solo apretó la charola de instrumental esterilizado y siguió caminando, como si la humillación fuera una brisa que ya conocía.

En tres semanas había dicho menos de cien palabras.

Hacía lo que nadie quería: cambiaba cómodos, sanitizaba superficies, reponía carros, tomaba los turnos de madrugada. Tragaba las miradas y las risitas. Los insultos. El “apúrate”. El “no estorbes”.

Una noche, mientras lavaba bandejas metálicas, un residente de segundo año, Gerardo “Gera” Lozano, le aventó una bata sucia que le pegó en el hombro.

—Llévala a lavandería y tráeme un café. Negro. Y no la riegues como en los expedientes, ¿eh?

Sofía levantó la bata despacio. Lo miró.

Por un segundo, sus ojos dejaron de ser apagados. Se volvieron… otra cosa. Un brillo frío, metálico, como de alguien que ha decidido cosas irreversibles en el tiempo que tarda un parpadeo.

Gera perdió la sonrisa un instante.

—Café —dijo Sofía, apenas. Voz rasposa, como si hubiera tenido arena en la garganta toda la vida.

—Sí… café —balbuceó él, recuperándose—. Rara.

La verdad era que a Sofía sí le temblaban las manos. Pero no por alcohol, ni por nervios de novata. Le temblaban por recuerdos que no se ven: vibraciones fantasmas, como si todavía escuchara hélices encima de su cabeza. Le temblaban porque durante años sus manos habían estado cubiertas de sangre ajena en lugares donde la gente grita por su mamá y nadie contesta.

En su historial de Recursos Humanos decía: “Licenciada en Enfermería. Experiencia en asilo. Reincorporación laboral.” Eso, y nada más.

Lo demás lo había enterrado.

Había sido teniente. Había tenido un apodo que nadie en ese hospital conocía. Había aprendido a respirar en medio del fuego y a coser piel con manos firmes mientras el mundo se caía encima. Se había retirado con titanio en la espalda y una cicatriz que le picaba cuando iba a llover.

Llegó al San Judas no por dinero, sino por ruido. El silencio de su casa era demasiado fuerte. Necesitaba el bip de los monitores para dormirse. Necesitaba sentir que aún servía para algo. Se prometió “nada de heroísmos”. Solo trabajo tranquilo.

Pero el hospital no la dejaba ser tranquila.

Aquella tarde, el sonido del altavoz cambió. No fue el aviso normal de código azul. Fueron tres pitidos cortos, urgentes.

—Código negro. Trauma 1. ETA tres minutos. Evento masivo. Traslado de alto valor.

La sala de descanso se vació como si le hubieran abierto un boquete al piso. Tovar salió corriendo dando órdenes.

—Yesenia, prepara uno. Gera, sangre inmediata. Vamos a tener VIP. ¡Muévanse!

Sofía estaba con el trapeador en un pasillo, asignada a limpieza, cuando un sonido atravesó todo lo estéril como un cuchillo: el golpe rítmico de un helicóptero pesado aterrizando en la azotea.

Su sangre se heló.

Ese sonido no era “ambulancia aérea” de hospital.

Era… otro tipo de pájaro.

Soltó el trapeador sin darse cuenta.

En Trauma 1, el caos era un animal desatado. Entraron paramédicos, camillas, un par de hombres enormes con audífonos y miradas que no eran de civiles. En la camilla venía un hombre de unos cuarenta, destrozado, lleno de gasas empapadas.

—Múltiples impactos —gritó el paramédico—. Presión sesenta sobre cuarenta y bajando. Se nos fue el pulso dos veces en el vuelo.

Tovar se plantó como protagonista.

—Yo me encargo. ¡Línea! ¡Cruce y compatibilidad! ¡A quirófano!

Uno de los hombres con audífono, barba cerrada y una cicatriz en el cuello, agarró la manga de Tovar.

—Doc. Este es el Comandante Mateo “Breaker” Reyes, Fuerzas Especiales de Marina. Si se nos muere… no hay lugar donde se esconda.

Tovar se zafó con rabia.

—¡Sáquenlos! Esto es un hospital, no un cuartel.

Los sacaron a medias, pero la tensión se quedó pegada a las paredes.

En la mesa, el comandante se apagaba. La alarma chilló. Línea plana. Alguien gritó “¡fibrilación!”. Tovar sudaba.

—¡Carguen! ¡Otra vez!

Las compresiones salpicaban sangre. Había demasiada. Tovar buscaba en el pecho, desesperado.

—¿Dónde está el sangrado? ¡No veo nada!

En la esquina, casi invisible, Sofía se había colado. No debía estar ahí. Pero sus ojos estaban clavados en una cosa: la forma en que la sangre salía.

No coincidía con lo que todos miraban.

La barriga del comandante se levantaba tensa, dura, como tambor. El peligro no estaba solo donde todos buscaban.

—Hay… otro sangrado —susurró Sofía, y su voz se perdió entre gritos.

Tovar ordenó otro choque eléctrico, rabioso, como si la fuerza bruta pudiera ganar.

Sofía se movió.

No fue “valentía”. Fue memoria muscular.

Pasó junto a Gera, que intentó frenarla.

—¡Fuera, señora! ¡No estorbe!

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