La urbanización Harrington era ruidosa.
En el jardín, Leo, de un año, se tambaleaba por el césped, persiguiendo a un golden retriever. Sam estaba sentado sobre una manta de picnic, aplaudiendo.
Daniel se sentó en el césped, riendo mientras Leo se dejaba caer en su regazo. Parecía más joven; las ojeras habían desaparecido.
Amara estaba sentada cerca, dibujando en un cuaderno. Llevaba un vestido amarillo brillante. No era parte del personal. Era el corazón del hogar.
¡Papá! —chilló Leo.
—Te tengo —dijo Daniel, besando la cabeza del chico.
Miró a Amara
“¿Se lo dijiste?” preguntó Daniel.
“¿Decirles qué?”, preguntó Amara, sin levantar la vista de su dibujo.
“El secreto”, sonrió Daniel.
Amara levantó la vista. Sus ojos brillaron.
“Les dije que esta noche es noche de pizza”, dijo.
Daniel rió. Se recostó en el césped y miró al cielo. Podía sentir a Sarah allí. No como un fantasma rondando los pasillos, sino en el viento, en la risa de los chicos y en el murmullo de la mujer que los había devuelto a la vida.
El silencio se había ido. Y en su lugar, había música.
EL FIN
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