Lo primero que notaron los médicos no fue su edad, sino su vientre hinchado, demasiado grande para alguien tan joven, temblando mientras cruzaba las puertas del hospital esa noche.
La noche estaba inusualmente tranquila en el Hospital St. Mary's, un centro de tamaño mediano en Ohio, hasta que las puertas automáticas se abrieron de golpe. Una chica con el pelo enredado, una sudadera con capucha enorme y manos temblorosas entró tambaleándose, agarrándose el estómago. Detrás de ella había una mujer desesperada que gritaba pidiendo ayuda.
La enfermera de triaje se adelantó. "¿Cuántos años tienes, cariño?"
La niña apenas susurró: “Trece”.
Esa respuesta paralizó la sala. Era bastante raro ver a alguien tan joven sola en urgencias, pero esto era diferente. Su vientre estaba visiblemente hinchado. Era evidente que estaba embarazada, mucho más avanzada de lo que nadie esperaba para su edad.
"¡Llévenla a ginecología ya!", gritó una enfermera, y en cuestión de segundos la niña fue llevada en camilla a una sala de reconocimiento. La mujer que la acompañaba se identificó como su tía, Karen Miller, con la voz entrecortada al explicar: "Se dobló de dolor en casa. No supe qué pasaba hasta que gritó que no podía más. No tenía ni idea de que estaba... embarazada".
Los médicos se agolparon. El Dr. Henry Collins, un obstetra experimentado de unos cincuenta años, se inclinó sobre la niña. "Cariño, necesitas quedarte conmigo. ¿Puedes decirme tu nombre?"
—Emily —susurró.
Los monitores pitaron, registrando su pulso acelerado. Emily estaba pálida, con los ojos vidriosos por las lágrimas. Se aferró a la manta del hospital como si fuera su único punto de apoyo.
El Dr. Collins intercambió una mirada con la enfermera y luego preguntó con cautela: «Emily, ¿saben tus padres que estás aquí? ¿Saben de tu embarazo?».
Sus labios temblaron. "No. Por favor, no los llames. Por favor."
Karen parecía tan sorprendida como el personal. "Emily, ¿de qué estás hablando? ¿No lo saben? ¡Ya tienes siete meses!"
Emily se dio la vuelta y sollozos silenciosos sacudieron su pecho.
Mientras el equipo médico la examinaba, quedó claro que Emily no era un caso más. La situación era mucho más compleja. Sentía dolor, pero la pregunta más importante se cernía tácita en la sala: ¿Cómo pudo una niña de 13 años quedar embarazada y ocultárselo a su familia?
Y cuando Emily finalmente le susurró la verdad al Dr. Collins, todo cambiaría.

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