Me quedé allí esperando. Mientras él trabajaba, me senté en la única silla y miraba por la ventana sucia, por donde resbalaban gotas de lluvia. Pensaba en los niños. En cómo crecían sin su padre. En cómo cada uno lidiaba con la pérdida de una manera diferente. La hija trataba de ser fuerte. El hijo aún preguntaba, a veces, cuándo volvería su padre a casa.
El técnico trabajaba en silencio. Se notaba que era experimentado — movimientos firmes, precisos. Después de un tiempo, conectó el teléfono al cargador y presionó el botón de encendido. La pantalla se iluminó. Una pantalla común, familiar.
Y casi de inmediato, el teléfono vibró.
Noté que el técnico fijó la mirada en el aparato. Su expresión cambió. Por un momento no dijo nada, solo frunció el ceño y siguió mirando la pantalla unos segundos.
—¿Algo anda mal? — pregunté.
Se giró lentamente hacia mí y dijo en voz baja:
—Es mejor que usted vea esto sola.
Tomé el teléfono en mis manos. Al principio, solo miré la pantalla, sin comprender el significado. Luego lo leí de nuevo.
El mensaje era de un contacto desconocido. En lugar de nombre — un ícono de corazón.

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