Tú planeaste todo esto. Comprar el hotel, estar aquí precisamente hoy... Todo fue una trampa.
—Te equivocas —dijo Jimena, mirándolo fijamente a los ojos—. Comprar el hotel fue un negocio. Que eligieras este precisamente hoy... fue pura suerte. Para mí.
Tomás se quedó sin palabras.
—¿Y ahora qué? —preguntó finalmente—. ¿Qué va a pasar conmigo?
—Ahora te vas —respondió ella—. No puedes volver a casa. Cambié las cerraduras. Tus cosas están guardadas; te enviaré la dirección. Y mañana tendrás que afrontar las consecuencias de todo lo que has hecho.
Dio un paso hacia ella.
“Jimena, por favor…”
—Es la señora Briones —lo corrigió—. O mejor dicho, será la señorita Jimena Whitmore otra vez. Mantendré mi apellido. La mujer que te esperó en casa durante años ya no está.
Tomás abrió la puerta. El vestíbulo parecía más grande y frío. El recepcionista no levantó la vista. El botones le abrió la puerta principal sin decir palabra.
Todo el mundo lo sabía.
En la calle, su celular vibró. Un mensaje de Nadia.
Lo siento, pero no quiero volver a verte. No me metas en tus problemas. Por favor, no me busques.
Otro mensaje. De Jimena.
Cancelé la tarjeta que usaste para pagar el hotel. Averigua cómo llegar a tu "conferencia". Buenas noches.
Tomás guardó el teléfono sin responder. En menos de una hora, había perdido a su esposa, a su amante, su hogar y su dignidad. Todo porque pensó que nunca lo atraparían.
Arriba, en el último piso, Jimena regresó a su oficina. La adrenalina comenzaba a disminuir. El hotel había vuelto a su ritmo habitual: maletas rodando, teléfonos sonando, empleados trabajando.
Mariana se despidió para ultimar los detalles de la demanda. Jimena se quedó sola, contemplando la ciudad por la ventana.
Sintió algo nuevo en el pecho: ligereza.
Durante años había cargado con la mentira, las sospechas, el dolor de hacer la vista gorda. Esa noche, por fin, lo había soltado todo.
Sonó el teléfono de la oficina.
“¿Sí?” respondió ella.
—Jime —dijo la voz de su compañero—, acaban de confirmar el contrato del hotel en Guadalajara. Si firmamos esta semana, será la cuarta.
Ella sonrió.
Perfecto. Cuéntamelo todo.
Seis meses después, Jimena se encontraba frente a otro listón rojo, tijeras en mano. Su cuarto hotel inauguraba esa mañana, con prensa, inversores y cámaras por todas partes. El Belmont Reforma se había convertido en la joya de su pequeño imperio, famoso por su elegancia... y su discreción.
A su lado, revisando atentamente el programa, estaba Nadia. Vestía un traje beige y llevaba una etiqueta con el nombre "Directora de Marketing".
“No tenías que hacer esto por mí”, le había dicho Nadia el día que Jimena le ofreció el trabajo.
—A ti también te engañaron —respondió Jimena—. Y además, eres buena en lo que haces. Creo en las segundas oportunidades. Solo que algunos ya las han agotado.
Nadia había aceptado con lágrimas en los ojos.
Ahora, mientras los fotógrafos buscaban el mejor ángulo, Jimena pensó en la mujer que había sido: la que esperó despierta mirando el reloj, la que creyó sin pruebas, la que puso su vida en espera por los planes de alguien más.
Esa mujer se había ido.
Pero no la había reemplazado una persona amargada. Jimena Whitmore se sentía fuerte, contenta, en paz. Había transformado la traición en motivación, el dolor en fuerza motriz. Había dejado de ser la "esposa de Tomás" para convertirse en algo mucho más importante: ella misma.
Cortó la cinta entre aplausos.
El nuevo vestíbulo estaba repleto de gente. Camareros con bandejas, recepcionistas sonrientes, huéspedes curiosos. Jimena los observó un momento y luego respiró hondo.
A veces, cuando la noche caía sobre la ciudad y ella se quedaba sola firmando documentos, recordaba aquella escena en el Belmont: Tomás entrando del brazo de otra mujer, el momento exacto en que la vio frente al mostrador de recepción, la sombra del miedo en sus ojos.
No lo recordaba con placer ni con resentimiento. Lo recordaba como el punto de quiebre.
En el instante en que dejó de ser la mujer engañada… y comenzó a ser la mujer que se elige a sí misma.
Y eso, pensó al ver su nombre en la placa de “Propietario”, valía más que cualquier venganza.
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