El juicio transcurrió en silencio. Elena testificó con calma, no buscando venganza, sino la verdad. El juez habló de dignidad, responsabilidad y límites. Daniel perdió la casa y se le ordenó indemnizarla.
Cuando volvimos a casa, Elena se detuvo en la puerta.
«Dormí aquí», dijo, señalando el felpudo.
"Volverás caminando de pie", le dije.
Cambiamos las cerraduras. Tiramos el tapete. Abrimos las ventanas. No hubo celebraciones, solo alivio. Y seguridad.
Meses después, Elena volvió al trabajo. Un pequeño estudio. Proyectos honestos. Decidió no irse; su historia no la obligaría a irse.
Una tarde me llamó emocionada.
«Conseguí el proyecto», dijo. «Es pequeño, pero es mío».
Sonreí, no por el proyecto sino por su voz.
