Llegó a casa sin avisar y encontró a la empleada rompiendo las reglas con su hijo. Iba a despedirla, pero entonces descubrió el oscuro secreto que el médico ocultaba…

—Léalo, señor Esteban. Ahí están las fechas. Mi hermano Miguel murió porque un médico como este nos convenció de que la enfermedad lo mataba, cuando era el tratamiento lo que lo envenenaba. ¡No voy a dejar que maten a Mateo también! ¡No mientras yo respire!

El Doctor Valdés intentó agarrar el cuaderno, pero Esteban fue más rápido. Lo tomó y empezó a hojearlo. Las coincidencias eran abrumadoras. Dosis altas, recaídas inmediatas. Dosis saltadas, mejorías visibles.

—Esto son tonterías de una sirvienta —dijo Valdés, pero su voz tembló por primera vez. Una gota de sudor bajó por su sien.

Esteban levantó la vista del cuaderno. Miró a Mateo, que se aferraba a la falda de Rosa como si fuera su única tabla de salvación. Luego miró al médico. Vio el nerviosismo, la mirada esquiva, la prisa por clavar esa aguja y silenciar al niño. Y de repente, el velo del dolor cayó. Esteban vio la realidad.

—Lárguese —dijo Esteban. Fue un susurro, pero resonó más fuerte que un grito.

—Esteban, sea razonable…

—¡He dicho que se largue de mi casa! —rugió Esteban, avanzando hacia el médico con una furia que llevaba meses contenida—. ¡Si vuelve a acercarse a mi hijo, si vuelvo a ver su nombre cerca de mi familia, le juro por la memoria de mi esposa que usaré cada centavo de mi fortuna para destruirlo!

El médico, pálido como un papel, guardó la jeringa temblando. Hizo una seña a la enfermera y salieron casi corriendo, perseguidos por la mirada de fuego de un padre que acababa de despertar.

Cuando la puerta principal se cerró, un silencio denso llenó la sala. Pero esta vez no era un silencio de muerte, sino de alivio. Esteban se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. Se sentía el hombre más estúpido del mundo. Había pagado al verdugo de su hijo. Había confiado en un título universitario por encima del instinto y el amor.

Sintió una mano pequeña en su rodilla. Era Mateo. Y detrás de él, Rosa.

—Perdóneme, señor —dijo Rosa bajito—. Sé que me excedí. Si quiere que me vaya, prepararé mis cosas.

Esteban levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos. Miró a esa mujer sencilla, con su delantal manchado y sus manos callosas. La mujer que había tenido el coraje que a él le faltó. La mujer que había salvado a su hijo enfrentándose a la autoridad.

—No, Rosa —dijo Esteban con la voz quebrada—. No te vas a ir. Tú ya no eres una empleada en esta casa. Tú eres la única que vio la verdad. Tú… tú nos salvaste.

Semanas después, la noticia sacudió la ciudad. El Doctor Valdés fue arrestado. La investigación que inició Esteban destapó una red de fraudes médicos donde se mantenía enfermos a pacientes adinerados para cobrar tratamientos crónicos innecesarios. Las pruebas del cuaderno de Rosa fueron clave. Se hizo justicia, no solo para Mateo, sino también, de alguna manera, para el hermano de Rosa, Miguel.

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