Don Esteban Montenegro era un hombre de relojes sincronizados, trajes impecables y silencios absolutos. Su vida, o lo que quedaba de ella tras la muerte de su esposa, se regía por un orden casi militar. Para él, el control era la única forma de mantener a raya el dolor que le desgarraba el pecho cada vez que miraba a sus tres hijos y notaba la ausencia de la madre. La mansión, enorme y lujosa, se había convertido en un mausoleo de mármol frío donde estaba prohibido correr, prohibido gritar y, tácitamente, prohibido ser feliz.
Aquella tarde de martes, Esteban regresó a casa antes de lo habitual. Había olvidado unos documentos importantes en su despacho. Al bajar del auto, ajustó su corbata y preparó su rostro con esa expresión severa que usaba como escudo. Esperaba encontrar lo de siempre: a Tomás y Lucas encerrados en sus cuartos con la mirada baja, y a Mateo, su hijo menor y paralítico, postrado en su silla de ruedas frente a una ventana, con la mirada perdida y los labios sellados, rechazando la vida bocado a bocado.
Sin embargo, al girar la llave en la cerradura, un sonido lo detuvo en seco. No era el silencio sepulcral al que estaba acostumbrado. Era… ¿ruido? No, no era ruido. Era música. Un estruendo desordenado de tambores improvisados, risas agudas y gritos de júbilo.
Esteban frunció el ceño, sintiendo una mezcla de confusión y enojo. Abrió la puerta del comedor de golpe, listo para imponer el orden. Pero la escena que encontró le robó el aliento. La mesa del comedor, usualmente impoluta, era un desastre de migajas y servilletas. Tomás golpeaba una cacerola con una cuchara de madera, Lucas soplaba una flauta de juguete, y en el centro de todo aquel caos estaba Mateo.
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