No lloré. Entré, subí sin correr y cerré la puerta del piso con llave. Él golpeó la madera dos veces y se fue a casa de su hermano, como hacía cuando se le pasaba la furia. Me miré en el espejo: el rojo subía por el pómulo y, por debajo, estaba esa vergüenza que se me había pegado a la piel con los años.
Apagué las luces y me senté en el sofá con el teléfono en la mano. Recordé los insultos “de broma”, los empujones “sin querer”, los perdones que yo misma le arrancaba. Y, de pronto, algo encajó: el piso no era suyo. Estaba a mi nombre desde la herencia de mi padre, y yo había permitido que él actuara como dueño.
Saqué la escritura, la dejé sobre la mesa y hice fotos: a mi cara hinchada, al marco de la puerta con las marcas de sus golpes, a los mensajes donde me amenazaba con “arruinarme” si lo dejaba. Marqué el 016. Cuando la operadora respondió, mi voz no tembló.
Al colgar, escribí a Laura, mi amiga y abogada: «Mañana, a primera hora, vienes conmigo. Notaría y denuncia». Preparé una bolsa pequeña: documentos, llaves, algo de ropa.
La madrugada se estiró interminable. Y, justo antes del amanecer, con la carpeta bajo el brazo y el corazón en la garganta, abrí la puerta: esa mañana, la casa dejaría de ser “suya”… y yo también.
A las ocho y media, Laura ya me esperaba frente a la comisaría con un café y la cara seria. Entramos juntas; conté lo ocurrido con la precisión de un parte: hora, lugar, testigos. Un agente tomó nota y me derivó al servicio de atención a víctimas. Allí, una trabajadora social me habló de orden de protección, de recursos, de que no tenía que volver a aguantar nada.
Cuando firmé la denuncia, el miedo me subió a la garganta. No al papel, sino a Javier cuando se viera acorralado. Laura me apretó la mano.
—Hoy no estás sola —dijo.

De la comisaría fuimos a la notaría. La escritura del piso estaba a mi nombre, pero yo había dejado que él controlara recibos y bancos. El notario revisó documentación y Laura dejó constancia de mi domicilio, de que convivía con nuestro hijo, Daniel, y de la situación de violencia. No era un golpe de efecto: era poner cada cosa en su sitio, con fechas y firmas.
Al mediodía volvimos al barrio acompañadas por una patrulla. El portal olía a lejía y a curiosidad. María Luisa estaba en el rellano, disimulando. El señor Rosendo fingía mirar el buzón. Yo abrí mi puerta con mi llave como si la usara por primera vez.
Dentro, recogí lo imprescindible: la mochila del colegio de Daniel, su chaqueta, mis papeles, algo de ropa. Laura me ayudó a cerrar maletas mientras yo buscaba contratos y recibos. El agente me explicó que, con la denuncia y siendo titular del inmueble, podía cambiar la cerradura para evitar que él entrara por la fuerza mientras se tramitaba la protección.
El cerrajero llegó rápido. El taladro me hizo temblar, pero también me sostuvo: cada giro era un “hasta aquí”. Javier llamó una y otra vez. No contesté. Luego llegaron los mensajes: insultos, promesas de “cambiar”, amenazas. Laura guardó capturas.
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