Levantó la mano y me abofeteó allí mismo, delante de los vecinos. La calle se quedó en silencio y, al instante, alguien susurró

: «¿Acaba de…?». Me ardía la mejilla, pero dolía más su mirada fría. «Te lo merecías», dijo, lo bastante alto para que todos lo oyeran. Esa noche me senté sola, a oscuras, y tomé una decisión que él jamás vio venir. A la mañana siguiente, aquella casa ya no era suya… y yo tampoco.

Volví del turno de noche del hospital con el uniforme bajo el abrigo. En la calle de San Laureano, en Sevilla, cualquier discusión tiene público. Javier había dejado el cubo de la basura atravesado en la acera y, al apartarlo, él salió del portal como si lo hubieran llamado.

—¿Otra vez con tus manías, Ana? —dijo, sin bajar la voz.

Le pedí que entrara. No quería un espectáculo. Pero se acercó, me señaló con el dedo y soltó:

—Te crees muy lista con tus pacientes, pero en casa no vales ni para poner orden.

Sentí las miradas clavadas. Tragué saliva y repetí: “Hablemos dentro”. Entonces levantó la mano y me abofeteó. Seco, sonoro. La calle se quedó muda, y alguien susurró: «¿Pero acaba de…?».

La mejilla me ardió. Lo peor fue su mirada helada.

—Te lo merecías —sentenció, alto, para todos.

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