La casa junto al mar siguió siendo suya. Cada mañana, mamá abría las contraventanas azules. Cada tarde, papá bajaba a la playa con su café, incluso en invierno, incluso cuando el viento azotaba las dunas. Aprendieron el ritmo de las mareas, las gaviotas, las sirenas de niebla y el silencio.
En su quincuagésimo primer aniversario, volví a visitarlos.
Esta vez, cuando entré en el camino de entrada, no había coches desconocidos. Ni cajas en el porche. Ni cristales rotos. Ni gritos desde dentro.
Mamá abrió la puerta antes de que yo pudiera llamar.
Su padre estaba detrás de ella, sonriendo.
—Bienvenido a casa —dijo mamá.
Y por una vez, nadie en esa casa tenía miedo de quién pudiera entrar después.
