Una velada como una despedida

El día antes de la firma, el restaurante estaba casi vacío. Léa limpió el mostrador, ya limpio, como para grabar cada detalle en su memoria. Las luces zumbaban suavemente. Se quedó allí, sin poder irse.
Entonces sonó el timbre.
Entró un hombre mayor, apoyado en una muleta, seguido de un perro pequeño y atento. Estudió el menú largo rato antes de pedir el plato más barato, casi avergonzado. Léa notó que contaba cuidadosamente sus monedas.
Algo dentro de ella se suavizó.
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