Le ofrecí comer a un desconocido; la nota que me dejó al día siguiente me conmovió más de lo que jamás hubiera imaginado.

A veces, la vida parece tranquila por fuera, pero vacía por dentro. Así es exactamente como Léa describiría su día a día: mañanas silenciosas, días que se funden y esa persistente sensación de que falta algo esencial, sin que ella sepa realmente cómo nombrarlo.

Léa vive sola en una pequeña casa a las afueras del pueblo. Una casa llena de recuerdos inmóviles. Su esposo se fue en silencio, consumido por un dolor que ninguno de los dos podía superar. En cuanto a la habitación de su hija, permaneció intacta. La cama perfectamente hecha, los libros ordenados. Ya no es una habitación, sino una promesa silenciosa que Léa nunca ha tenido la fuerza de romper.

Su último refugio: el restaurante de su abuelo

El único lugar donde Léa todavía se siente como en casa es el pequeño restaurante que heredó de su abuelo, Marcel. Un lugar modesto, un poco desgastado por el tiempo, con sus tazas desportilladas y suelos de tablas irregulares. Nada sofisticado, pero con una calidez genuina. Marcel siempre decía que la comida no era solo cuestión de hambre, sino una forma de cuidar a los demás.

Tras su muerte, Léa se hizo cargo del establecimiento sin dudarlo. A pesar de las advertencias, a pesar de las cifras. Este restaurante era un vínculo vivo con lo que había amado, con lo que una vez la había sustentado.

Pero con el paso de los años, el barrio cambió. Los alquileres subieron, los clientes escasearon. Las grandes cadenas reemplazaron las viejas costumbres. Léa empezó a trabajar sola, cada vez más horas, aplacando el cansancio y dejando que las facturas se acumularan. Hasta el día en que llamó a un agente inmobiliario. Más por agotamiento que por decisión propia.

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