Le dieron una choza en ruinas para humillarla, sin saber que bajo ese piso dormía la verdad que la haría dueña de todo lo que le quisieron quitar.
Esa madrugada, cuando Emma y Tomás por fin se quedaron dormidos abrazados uno al otro, Raquel tomó una vela y empezó a recorrer la choza.
No por curiosidad.
Por instinto.
Había vivido demasiado tiempo con miedo como para ignorar la sensación que le quemaba el pecho:
esa ruina escondía algo.
El piso crujía más de lo normal en una esquina.
No como madera vieja… sino como hueco.
Raquel golpeó suavemente con los nudillos.
Sonó distinto.
Hondo.
Hueco.
Buscó una tabla suelta.
La levantó.
Debajo había una trampilla de hierro oxidado.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
No de esperanza.
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