“Me diste esperanza cuando pensé que la había perdido”.
El silencio se prolongó, pesado pero no incómodo. Lentamente, él extendió la mano sobre la mesa, cubriendo la de ella con su mano callosa. El corazón le latía con fuerza, pero no se apartó.
Entonces, como si se diera cuenta de la gravedad del momento, se apartó, levantándose bruscamente. «Debería irme».
Sus labios se separaron, pero no salieron palabras. La puerta se cerró, dejándola mirando la silla vacía donde aún permanecía su calor.
La primavera trajo consigo el deshielo, pero también la confrontación. En la tienda, la Sra. Tate se burló cuando Anika entró. "¿Ahora vives a costa de otro hombre? Algunas mujeres no conocen la vergüenza".
La cara de Anika ardió, pero antes de que pudiera responder, la voz de Caleb cortó la habitación.
"Ya es suficiente."
Todas las cabezas se giraron. Él se quedó en la puerta, firme e inamovible. «Si vuelves a decir una palabra contra ella, tendrás que responder ante mí».
Se hizo el silencio. La Sra. Tate palideció, rebuscando en su libro de cuentas. Caleb cruzó la habitación y tomó los paquetes de las manos de Anika con naturalidad.
Afuera, Anika finalmente exhaló. "No debiste haber hecho eso".
“Siempre lo haré”, dijo simplemente.
Y por primera vez, ella le creyó.
Esa noche, lo encontró cortando leña detrás de su cabaña. Se acercó, con el corazón latiéndole con fuerza, y le tocó el brazo. «Quédate», susurró.
El hacha se detuvo. Sus ojos la buscaron, interrogativos, advirtiéndole. "¿Estás segura?"
Las lágrimas le picaban en los ojos, pero su voz era firme. «Estoy cansada de tener miedo. De ellos, de mí misma. Me has dado más que protección. Me has devuelto la vida».
Caleb dejó caer el hacha y sus manos encontraron las de ella, ásperas pero tiernas. El beso que siguió no fue apresurado ni desesperado; fue la lenta ruptura de años de silencio, dolor y soledad. Una promesa sellada no con palabras, sino con aliento y cercanía.
El pueblo seguía susurrando, como siempre. Pero Anika ya no se inmutaba. Caminaba junto a Caleb en el servicio dominical, con la barbilla levantada, su hermano entre ellos. Y cuando las miradas llegaban, la mano de Caleb rozaba la suya, firme como siempre, recordándole que la fuerza no estaba en el silencio, sino en elegir permanecer juntos.
Su vida había comenzado con miedo, pero ahora cada día cargaba con el peso de algo más grande que la supervivencia. Con Caleb, había encontrado más que refugio o seguridad. Había encontrado un amor lo suficientemente feroz como para capear cualquier tormenta y lo suficientemente tierno como para sanar heridas que nadie más podía ver.
Y en el silencio de su cabaña, mientras los vientos de la pradera murmuraban más allá de las paredes, Anika comprendió que lo que habían construido juntos duraría más que los susurros, más que el invierno, lo suficiente para llevarlos a ambos a lo que fuera que les aguardara.
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