Su rostro se desvaneció al instante.
Marcus se inclinó y leyó por encima del hombro.
La sonrisa desapareció de ambos rostros.
Dentro había una declaración jurada notariada de un investigador privado:
marcas de tiempo, mensajes, fotos, grabaciones:
evidencia del romance de seis meses de Daniel con su compañera de trabajo, Lily Hammond.
La misma Lily que le envió a Emma una alegre tarjeta navideña esa mañana.
Daniel tartamudeó:
“¿Qué… qué es esto?”
Emma no levantó la voz.
"La verdad. Contraté a un detective privado la semana pasada".
Marcus los miró fijamente, y su arrogancia se desmoronó.
"¿Contrataste a alguien?"
Emma asintió. «Solo me quedo ciega cuando quiero. Y créeme, esta vez no lo hice».
Daniel abrió y cerró la boca como si de repente hubiera olvidado cómo hablar.
Ella continuó:
«Ya me reuní con un abogado. No voy a impugnar el divorcio. Pero tú no me vas a dictar nada. Tengo influencia, más que suficiente».
Marcus murmuró: “Las mujeres son tan…”
Emma lo interrumpió con una mirada tan cortante que podría cortar un cristal.
—No me interesa la venganza —dijo—. Solo la justicia.
Daniel parecía enfermo.
"¿Por qué no dijiste nada antes?"
—Porque no me escuchabas.
—Su tono era tranquilo, tajante—.
Decidiste terminar el matrimonio mucho antes de esta noche. Simplemente me preparé para el impacto.

Emma se levantó de su silla y se puso el abrigo.
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