Las lágrimas empezaron a brotar, pero no eran de tristeza. Eran de shock. De una verdad tan grande que no cabía en su cuerpo pequeño.
—Mis papás no me abandonaron —sollozó, tocando la foto de Daniel y Clara—. Se murieron. Y alguien me robó… o me encontró…
Se escucharon pasos en la escalera. Tacones.
Vanesa.
—¡¿Qué haces ahí sentada, inútil?! —gritó Vanesa entrando al cuarto, tapándose la nariz con un pañuelo perfumado—. ¡Te dije que vaciaras el cuarto, no que te pusieras a ver dibujitos!
Noemí reaccionó por instinto. Cerró el álbum de golpe y lo metió dentro de la bolsa de basura negra, cubriéndolo con las camisas viejas.
—Perdón, patrona… me… me tropecé.
Vanesa la miró con asco.
—Pues levántate. Quiero esta basura fuera de mi casa en diez minutos. El camión pasa en media hora y quiero que todo se vaya. Si encuentro una sola cosa de este cuarto aquí mañana, te vas a la calle sin un centavo.
Vanesa dio media vuelta y salió, sus tacones resonando como martillazos.
Noemí se quedó sola, abrazando la bolsa de basura.
—No vas a tirar esto —susurró—. Esto es mío.
Bajó las escaleras cargando la bolsa pesada. Pero en lugar de ir a la puerta de servicio donde estaban los botes de basura, se desvió hacia su cuartucho.
Metió la bolsa debajo de su cama, empujándola hasta el fondo, detrás de las cajas de jabón.
Sacó el álbum de la bolsa. Lo envolvió en su rebozo viejo.
Y luego, corrió al cuarto de Gloria.
Eran las once de la mañana. Gloria estaba “dormida” (es decir, descansando los ojos mientras escuchaba las noticias en una radio pequeña que Noemí le había conseguido).
Noemí entró y cerró la puerta con el seguro nuevo que habían comprado en secreto.
Se recargó en la puerta, jadeando. Estaba pálida, sudando frío.
Gloria abrió un ojo. Al ver el estado de la niña, se sentó de golpe, olvidando su papel de inválida.
—¿Qué pasó? —preguntó Gloria, alerta—. ¿Te hizo algo Enrique? ¿Te pegó Vanesa?
—No… —Noemí se acercó a la cama. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae el bulto que traía—. Tienes que ver esto, abuela. Tienes que verlo.
Puso el álbum sobre las piernas de Gloria.
Gloria miró la cubierta de piel azul. Su respiración se detuvo. Reconocía ese álbum. Ella misma se lo había regalado a Daniel cuando Clara se embarazó.
—¿De dónde sacaste esto? —susurró Gloria, acariciando la piel con dedos temblorosos—. Pensé que se había perdido en el accidente… o que Vanesa lo había quemado.
—Estaba en el ático. En una caja. Vanesa me mandó a tirar todo a la basura.
—Maldita bruja… —masculló Gloria. Abrió el álbum.
Ver las fotos de su hijo muerto fue como recibir un golpe físico. Las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas.
—Mi Daniel… mi niño…
—Abuela, no llores todavía —dijo Noemí, con una intensidad que hizo que Gloria la mirara—. Ve a la página 20. La de la playa.
Gloria pasó las páginas, confundida. Llegó a la foto de la playa. Vio a Clara y a la bebé.
—Sí, mi nieta… mi pobre angelito que nunca encontramos…
—Mira el hombro, abuela. Mira la mancha.
Gloria ajustó sus lentes (que guardaba bajo la almohada). Miró la mancha en forma de media luna.
—Sí, tenía un antojo. Una marca de nacimiento. Yo siempre le decía que era un beso de la luna.
Noemí no dijo nada. Simplemente se desabrochó los dos botones superiores de su uniforme gris y jaló la tela hacia abajo, descubriendo su hombro derecho.
Se giró para que la luz de la ventana le diera de lleno.
Gloria miró el hombro de la niña.
Miró la foto.
Miró el hombro de nuevo.
El tiempo se detuvo. El sonido del tráfico afuera desapareció. El mundo se redujo a esa pequeña mancha de café con leche en la piel de una sirvienta.
La boca de Gloria se abrió, pero no salió ningún sonido. Su cerebro, esa máquina brillante que había construido un imperio, estaba procesando lo imposible a la velocidad de la luz.
La edad.
El parecido en la sonrisa que a veces le recordaba tanto a Daniel.
La forma en que llegó a la casa, vendida por una familia que claramente no la quería.
La conexión instantánea que sintieron desde el primer día.
Gloria levantó la mano. Su mano temblaba violentamente. Tocó la marca en el hombro de Noemí. La piel estaba caliente, viva.
—¿Eres… tú? —la voz de Gloria se rompió en mil pedazos—. ¿Eres tú, mi Luciana?
Noemí empezó a llorar.
—Yo no sé si me llamo Luciana. Me dijeron que me llamo Noemí. Pero… esa soy yo, abuela. Esa niña soy yo.
Gloria soltó un grito ahogado, un sonido de dolor y alegría pura que salió desde lo más profundo de sus entrañas. Jaló a Noemí hacia ella y la abrazó. La abrazó con una fuerza desesperada, enterrando la cara en el cuello de la niña, oliendo su cabello, sintiendo sus huesos.
—¡Estás viva! ¡Estás viva! —lloraba Gloria—. ¡Dios mío, no me castigaste! ¡Me la devolviste! ¡Me la devolviste en mis propias narices!
Lloraron juntas durante minutos que parecieron horas. El dolor de años de soledad se lavó con esas lágrimas. La abuela y la nieta, reunidas en la clandestinidad de un cuarto de enfermos.
Finalmente, Gloria se separó. Se limpió la cara con el dorso de la mano. Sus ojos, rojos por el llanto, ahora brillaban con un fuego nuevo. Un fuego peligroso.
—Escúchame bien, mi amor —dijo Gloria, tomando la cara de Noemí entre sus manos—. Esto… esto lo cambia todo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Noemí, sorbiendo la nariz—. ¿Le decimos a Vanesa?
—¡No! —Gloria rugió la palabra—. Si Vanesa y Enrique saben quién eres… te matan. Te lo juro por la memoria de mi hijo, te matan antes de dejarte heredar un solo peso. Ellos creen que eres una gata callejera y por eso te ignoran. Esa es nuestra ventaja.
Gloria se enderezó en la cama. El dolor de sus articulaciones había desaparecido, reemplazado por la adrenalina de la guerra.
—Vamos a jugar el juego más difícil de nuestras vidas. Tú vas a seguir siendo la sirvienta. Vas a seguir barriendo sus pisos y lavando sus platos. Vas a agachar la cabeza cuando te griten.
—¿Por qué, abuela? ¡Soy tu nieta!
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