LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

Noemí miró el cheque, luego a la anciana.
—¿Usted va a protegerme?
—Nos vamos a proteger las dos. Tú eres mis piernas. Yo soy tu cerebro. Juntas… somos peligrosas.

Esa noche, Noemí no durmió con miedo. Durmió con el cheque bajo la almohada y una sensación nueva en el pecho. No era solo esperanza. Era ambición.
Se dio cuenta de que Doña Gloria no era solo una viejita enferma. Era un dragón dormido. Y Noemí acababa de convertirse en su aprendiz.

Mientras tanto, en la sala de arriba, Enrique se ponía hielo en el pie, maldiciendo a la sirvienta, sin saber que abajo, en el cuarto oscuro que todos ignoraban, se estaba fraguando su destrucción. La rebelión había comenzado, no con espadas, sino con un pisotón, un cheque y una alianza inquebrantable.

CAPÍTULO 4: EL SANTUARIO DEL OLVIDO Y EL ESPEJO DE SANGRE

Pasaron seis meses. Seis meses que, para el mundo exterior, fueron solo un parpadeo en la vida acelerada de la Ciudad de México, pero que dentro de la mansión de los Montenegro fueron una metamorfosis lenta y silenciosa.

Noemí ya no era la niña asustadiza que temblaba ante su propia sombra. A sus once años, había aprendido el arte de la invisibilidad estratégica. Sabía exactamente qué tablas del piso crujían y cuáles no. Sabía a qué hora Vanesa tomaba su tercera copa de vino y se volvía torpe y lenta. Sabía que Enrique se encerraba en su despacho a ver cosas en la computadora que nadie debía ver.

Pero su verdadera educación sucedía detrás de la puerta cerrada del cuarto de servicio, bajo la tutela implacable de Doña Gloria.

La anciana se había recuperado con una fuerza que desafiaba a la medicina. Aunque frente a los demás seguía fingiendo ser un bulto balbuceante que babeaba la almohada (una actuación digna de un Óscar), a solas con Noemí era un general preparando a su soldado.

—Espalda recta, niña —ordenaba Gloria en susurros, mientras Noemí caminaba por el cuarto con un libro pesado de enciclopedia sobre la cabeza—. No camines como si estuvieras cargando leña. Camina como si el piso te debiera dinero.

—Pero me pesa, Doña Gloria.
—La vida pesa más. Si no puedes con un libro, no vas a poder con el mundo. Levanta la barbilla. Los Montenegro no miramos al suelo. Miramos al horizonte.

—Pero yo no soy Montenegro, soy una recogida.
Gloria fruncía el ceño, una sombra de dolor cruzando sus ojos.
—Eres lo que tú decidas ser. Ahora, otra vez. Y esta vez, quiero que recites la tabla de multiplicar del nueve mientras caminas. Sin que se te caiga el libro.

Noemí obedecía. Había aprendido matemáticas, historia, y algo que Gloria llamaba “etiqueta de tiburones”: cómo hablar con propiedad, cómo detectar mentiras y cómo sonreír mientras planeas el funeral de tu enemigo.

Sin embargo, la realidad fuera de ese cuarto seguía siendo cruel. Vanesa, frustrada porque la herencia de Gloria seguía bloqueada mientras la anciana siguiera “viva”, desquitaba su ira con la servidumbre, especialmente con Noemí.

Una mañana de martes, el aire en la casa estaba particularmente denso. Vanesa había amanecido de malas. Se había peleado con su diseñador de interiores porque el tono de “blanco hueso” de las cortinas nuevas no era suficientemente “hueso”.

—¡Todo en esta casa huele a viejo! —gritó Vanesa, tirando las muestras de tela al suelo—. ¡Necesito espacio! ¡Necesito renovar la energía!

Sus ojos, delineados con precisión quirúrgica, se posaron en la puerta del ático, al final de la escalera de caracol. El “Cuarto Prohibido”. La habitación de Daniel, el hijo muerto, el esposo de la difunta Clara. Desde el accidente, hace diez años, nadie había entrado ahí. Era un mausoleo de polvo y recuerdos.

—Martha —llamó Vanesa.
La cocinera apareció, secándose las manos.
—¿Mande, señora?
—Quiero que vacíen el cuarto de arriba. El de Daniel. Voy a convertirlo en mi gimnasio de yoga. Ya me harté de tener ese espacio desperdiciado en muertos.

Martha palideció.
—Pero… señora Vanesa… Doña Gloria siempre dijo que ese cuarto no se tocaba. Es… sagrado.
—¡Doña Gloria es un vegetal que se hace pipí encima! —chilló Vanesa—. ¡Yo soy la dueña de esta casa ahora! ¡Quiero todo afuera! Ropa, muebles, papeles… todo a la basura.

Martha bajó la mirada, persignándose discretamente.
—Señora… con todo respeto… a las muchachas les da miedo entrar ahí. Dicen que se siente… pesado. Que se oyen cosas.
Vanesa soltó una carcajada estridente.
—¡Bola de ignorantes supersticiosas! Está bien. Si les da miedo a las gallinas viejas… manda a la escuincla nueva. A la Tlacuache. Ella no tiene alma que perder.

Martha buscó a Noemí en la lavandería. La niña estaba doblando sábanas, cantando bajito una canción que Gloria le había enseñado (un bolero antiguo).
—Mija… —dijo Martha con voz preocupada—. La patrona quiere que subas al ático. Al cuarto del señor Daniel.
Noemí dejó de doblar. Sabía de ese cuarto. Gloria le había hablado de Daniel con lágrimas en los ojos. Era su hijo favorito, el “bueno”, el padre de la niña perdida.
—¿Qué quiere que haga?
—Quiere que lo vacíes. Que tires todo.

Noemí sintió un hueco en el estómago. Sabía que eso le rompería el corazón a Gloria. Pero no tenía opción.
—Está bien, Martha. Yo voy.

Subió las escaleras de caracol con una bolsa de basura negra en la mano y el corazón latiendo en la garganta. La puerta del ático era de madera oscura, tallada. Giró la perilla. Estaba dura por la falta de uso, pero cedió con un gemido de bisagras oxidadas.

El aire dentro del cuarto estaba estancado. Olía a tiempo detenido. Olía a colonia de hombre (una mezcla de tabaco y madera), a polvo antiguo y a una tristeza que se te pegaba en la piel como telaraña.
Noemí encendió la luz. Un foco desnudo iluminó la habitación.
Era un cuarto hermoso, congelado en el año del accidente. Había una cama matrimonial tendida perfectamente. Un escritorio de caoba lleno de papeles amarillentos. Un ropero abierto donde colgaban trajes que ya no estaban de moda. Y en una esquina, una cuna.

Noemí se acercó a la cuna.
Aquí dormía ella —pensó—. La nieta perdida. La prima que nunca conocí.

Vanesa había dicho “todo a la basura”. Pero Noemí no podía hacerlo. No así nada más. Empezó a meter cosas en la bolsa: camisas viejas, corbatas, periódicos secos. Pero lo hacía con respeto, pidiendo perdón en silencio a los fantasmas.

Abrió el armario principal. Al fondo, debajo de unas cajas de zapatos, había una caja de madera barnizada. No parecía basura. Parecía un cofre.
La curiosidad, esa que Gloria había alimentado en ella, le ganó al miedo.
Se sentó en el suelo polvoriento y abrió la caja.

No había oro ni joyas. Había recuerdos.
Un chupón de plata. Unos zapatitos de bebé tejidos en lana blanca, tan pequeños que cabían en la palma de su mano. Y un álbum de fotos. Grande, pesado, forrado en piel azul.

Noemí abrió el álbum.
La primera página era la boda. Daniel, alto y sonriente, idéntico a la foto que Gloria tenía en su buró (antes de que Vanesa se la quitara). Y la novia… Clara.
Noemí sintió un escalofrío. Clara se parecía mucho a alguien, pero no lograba ubicar a quién. Tenía el pelo rizado, una sonrisa amplia y ojos bondadosos.

Pasó las páginas. Fotos de viajes. Fotos de fiestas. Y luego, las fotos del bebé.
“Nuestra pequeña princesa – 1 mes”, decía una etiqueta escrita con letra cursiva elegante.
Noemí miró al bebé. Era una niña gordita, risueña.
Pasó más páginas. “6 meses”. “1 año”.

En la foto del primer cumpleaños, la niña estaba sentada en el pasto, con un vestido blanco lleno de pastel. Se reía a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás.
Noemí se detuvo. Su respiración se cortó.
Esa risa. Ella conocía esa risa. La veía en el espejo cuando Gloria le contaba un chiste.

Siguió pasando páginas, más rápido ahora, con las manos temblando.
Llegó a una foto donde la niña, de unos dos años, estaba en brazos de su madre, Clara, en la playa. La niña llevaba un traje de baño de tirantes.
En su hombro derecho, claramente visible bajo la luz del sol de la foto, había una marca.
Una marca de nacimiento. Una mancha color café con leche en forma de media luna irregular.

Noemí soltó el álbum como si quemara.
Se llevó la mano a su propio hombro derecho, por debajo de la tela áspera de su uniforme gris. Sus dedos trazaron la forma que conocía de memoria. La “mancha fea” que Amalia siempre le decía que se tapara porque parecía suciedad. La media luna.

—No puede ser… —susurró. Su voz rebotó en las paredes vacías.

Con el corazón desbocado, metió la mano en su bolsillo secreto, ese que había cosido en su fondo. Sacó su tesoro más preciado: la foto arrugada de su “mamá” Sara y Félix.
Puso la foto del álbum (la de Clara) junto a la foto de Sara.
Miró a Sara. Miró a Clara.
No eran la misma mujer. El parecido que creyó ver antes era solo el tipo de sonrisa, la bondad en los ojos. Pero las facciones eran diferentes.
Sin embargo, miró al bebé en la foto de Sara. Y miró al bebé en el álbum.
Eran la misma niña. Los mismos rizos rebeldes. La misma nariz de botón. La misma marca en el hombro.

El mundo de Noemí empezó a girar. Las piezas del rompecabezas de su vida, esas piezas afiladas que nunca encajaban y que siempre la cortaban, de repente cayeron en su lugar con un estruendo ensordecedor.
Amalia le había dicho la verdad por primera vez en su vida ese día horrible en la cocina: “Tú no eres hija de Félix. Te recogieron del bosque. Eres una nadie.”

Noemí no era una nadie.
Miró alrededor del cuarto. Miró la cuna. Miró los juguetes caros en la repisa.
—Esta es mi cuna —dijo en voz alta—. Este es mi cuarto.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.