LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

CAPÍTULO 3: EL SOL EN LA CUEVA DEL LOBO

A las cuatro de la mañana, la mansión de Lomas de Chapultepec era un mausoleo de mármol y sombras. El silencio era tan absoluto que se podía escuchar el zumbido de los refrigeradores industriales en la cocina y el tic-tac lejano del reloj de péndulo en el vestíbulo.

Noemí abrió los ojos en la oscuridad de su cuarto de servicio. No necesitó alarma. Su reloj biológico, ajustado a los ritmos brutales del campo y el maltrato, la despertó con un sobresalto, con el corazón latiendo rápido, esperando el grito de Amalia o el golpe de una chancla.
Pero no hubo gritos. Solo el ronroneo suave del sistema de ventilación.
Se sentó en el catre, desorientada por un segundo. Tocó la pared fría. Pintura lisa, no adobe. Sábanas de algodón, no petate.
Ya no estás allá —se recordó a sí misma—. Estás en la boca del lobo, pero al menos el lobo duerme en sábanas de seda.

Se levantó sin hacer ruido. El piso de loseta estaba helado. Se puso su vestido, el que Martha le había dado la noche anterior (un uniforme gris que le quedaba tres tallas grande y que tuvo que amarrar con un cordón a la cintura), y salió al pasillo.

Fue directo a la cocina. Martha aún no llegaba; la cocinera dormía hasta las cinco. Noemí llenó una palangana grande con agua caliente del grifo, buscó un jabón neutro que olía a avena y agarró dos toallas limpias del armario de blancos. Se sentía como una ladrona, tomando cosas que valían más que todo lo que ella poseía, pero tenía una misión.

Caminó hacia el cuarto del fondo. La puerta seguía entreabierta, tal como la había dejado anoche.
Entró. El olor seguía ahí, esa mezcla de enfermedad y encierro que le revolvía el estómago, pero Noemí respiró hondo y lo ignoró.
Se acercó a la ventana. Las cortinas eran pesadas, de terciopelo oscuro, diseñadas para bloquear el mundo.
Con permiso, oscuridad —susurró.
Con fuerza, jaló los cordones. Las cortinas se abrieron. Aunque afuera aún estaba oscuro, la luz ámbar de las farolas de la calle entró, barriendo las sombras de las esquinas.

Se acercó a la cama. Doña Gloria estaba despierta. No se había movido, pero sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, brillantes y húmedos. Parecía una muñeca de porcelana rota que alguien había tirado a la basura.

—Buenos días, abuela… digo, señora —corrigió Noemí rápidamente.
Gloria giró la cabeza lentamente, milímetro a milímetro, como si el cuello le pesara una tonelada. La miró con esos ojos grises, escrutadores.
—¿Qué… haces? —graznó. Su voz era un hilo de alambre oxidado.

—Le dije anoche que la iba a lavar —dijo Noemí, poniendo la palangana en la mesa de noche—. Y yo cumplo lo que digo. En mi pueblo dicen que el agua espanta al diablo y a la tristeza. Y usted tiene mucho de los dos encima.

Gloria intentó protestar, intentó decir “lárgate”, pero no tenía fuerzas. Y, en el fondo, una parte de ella, la parte que llevaba meses gritando en silencio, deseaba sentir el agua tibia.

Noemí empapó la toalla y la escurrió.
—Va a estar calientito, no se asuste.

Cuando la toalla tibia tocó la cara de Gloria, la anciana cerró los ojos y soltó un suspiro tembloroso. Noemí limpió con una delicadeza que contradecía sus manos callosas. Limpió la frente arrugada, los párpados cansados, las mejillas hundidas. Limpió detrás de las orejas, el cuello, los brazos flacos que tenían moretones de las vías intravenosas viejas.

Mientras trabajaba, Noemí hablaba. Hablaba para llenar el vacío, hablaba para no sentir miedo, hablaba porque el silencio de esa casa la asfixiaba.

—Fíjese que allá en San Juan, mi mamá tenía una chiva que se llamaba Traviesa. Era bien necia, señora. Se subía al techo y no había poder humano que la bajara. Mi papá le tiraba piedras, mi madrastra le gritaba groserías, pero la chiva nomás nos miraba desde arriba y hacía ¡Baaa! —Noemí soltó una risita mientras enjuagaba la toalla—. Yo creo que usted se parece a la Traviesa. Tiene cara de que, si pudiera, se subiría al techo nada más para molestar a la señora Vanesa.

Los ojos de Gloria se abrieron de golpe. Hubo un brillo de indignación, pero luego, algo increíble pasó. La comisura de su labio, paralizada por el derrame, tembló hacia arriba.
—Me… comparas… con una cabra… —susurró Gloria.

—No se ofenda. Las cabras son listas. No como las gallinas, esas sí son mensas.
Noemí siguió limpiando el cuerpo marchito de la mujer. Con cuidado profesional, la giró para limpiar su espalda, cambió las sábanas sucias por unas frescas con una habilidad rápida, sacando las viejas y metiendo las nuevas sin que Gloria tuviera que levantarse.

Cuando terminó, Gloria olía a jabón de avena y a limpio. El cuarto, con la ventana entreabierta, olía a aire fresco de la mañana.
Noemí sacó un cepillo de cerdas suaves.
—Ahora el pelo. Parece nido de pájaro, señora. Con todo respeto.

Empezó a cepillar la melena blanca y enredada. Despacio. Desenredando nudo por nudo sin jalar.
—Mi mamá… la que me crio… tenía el pelo largo hasta la cintura —contó Noemí, su voz bajando un tono, volviéndose melancólica—. Ella se sentaba en el sol y dejaba que yo se lo peinara. Me decía: “Noemí, el pelo guarda los recuerdos. Si no lo peinas, los recuerdos se hacen nudos y duelen”. Así que le estoy sacando los recuerdos feos, señora. Para que no le duelan.

Gloria escuchaba. Por primera vez en meses, no sentía dolor físico, ni la humillación de estar sucia. Sentía las manos pequeñas y firmes de esa niña extraña peinando su cabello. Y escuchaba esa filosofía de pueblo que, curiosamente, tenía más sentido que todas las palabras vacías de los médicos caros que Vanesa había traído una sola vez para cumplir.

Cuando terminó, el sol ya estaba saliendo. Los rayos dorados entraban por la ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Gloria se veía diferente. Seguía enferma, sí. Seguía delgada y pálida. Pero ya no parecía un cadáver. Parecía una persona.

La puerta se abrió de golpe.

Noemí dio un salto y tiró el cepillo.
Vanesa estaba en el umbral, con una bata de seda roja y una taza de café en la mano. Su cara, sin maquillaje, se veía hinchada y cruel.
Miró el cuarto iluminado. Miró la ventana abierta. Miró a Gloria sentada sobre almohadas limpias y peinada. Y luego miró a Noemí con una furia fría.

—¿Quién te dio permiso de abrir las cortinas? —siseó Vanesa.

Noemí agachó la cabeza, temblando. El instinto de supervivencia aprendido con Amalia se activó: hazte pequeña, hazte tonta.
—Perdón, patrona… es que olía feo. Pensé que…
—Tú no piensas —cortó Vanesa, entrando al cuarto y cerrando las cortinas de un tirón violento, sumiendo la habitación en penumbra otra vez—. A mi suegra le molesta la luz. Tiene los ojos sensibles. ¿Quieres dejarla ciega?

Gloria, desde la cama, quería gritar: ¡Mentirosa! ¡Amo la luz!, pero su garganta se cerró por el miedo y el hábito de callar. Solo pudo emitir un sonido gutural.
—¿Ves? Se está quejando —dijo Vanesa triunfante—. Mírala. Está sufriendo por tu culpa.
Vanesa se acercó a la cama y miró a Gloria con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos.
—Ay, suegrita. Qué lata dan las sirvientas nuevas, ¿verdad? Pero no te preocupes, ya le voy a enseñar.

Se giró hacia Noemí.
—Lárgate a la cocina. Y si vuelvo a entrar aquí y veo luz, te vas a arrepentir. Solo entra para darle de comer y limpiarle el culo. Nada de peinados, nada de pláticas. No es tu muñeca, es un vegetal. ¿Entendiste?

—Sí, señora —susurró Noemí.
Salió corriendo del cuarto, con el corazón en la boca. Pero antes de cerrar la puerta, miró hacia atrás.
En la penumbra, los ojos de Gloria estaban fijos en ella. Y esta vez, no había enojo en ellos. Había una súplica. No me dejes sola.

Pasaron las semanas.
La rutina se estableció como una guerra silenciosa.
De día, frente a Vanesa y Enrique, Noemí era la sombra. La sirvienta muda, torpe, que caminaba mirando al suelo y recibía los regaños sin chistar. Soportaba los apodos (“La Tlacuache”, le decía Vanesa por hurgar en la basura buscando cosas útiles), soportaba las miradas lascivas de Enrique cuando creía que nadie lo veía, y soportaba el trabajo pesado que Martha, a pesar de su bondad, no podía evitarle.

Pero de noche, o en los momentos en que los “patrones” salían a sus cenas de gala y sus viajes de negocios, Noemí se transformaba.
Se convertía en la guardiana del Cuarto del Fondo.

La mejoría de Gloria era lenta pero milagrosa. Resultó que gran parte de su estado “vegetal” no era solo el derrame, sino la depresión profunda y la falta de estímulo. Estaba deshidratada, desnutrida y sedada emocionalmente.
Noemí cambió todo eso.
Le robaba vitaminas a Vanesa del botiquín principal y se las daba a Gloria machacadas en la papilla.
Le hacía ejercicios en las piernas y brazos, moviéndolos arriba y abajo como había visto hacer a un sobandero en su pueblo con un burro lastimado.
—Uno, dos, uno, dos. Ándele, doña Gloria, no sea floja. Si no mueve las piernas se le van a secar como ramas viejas.

Y sobre todo, le hablaba. Le contaba todo. Le contaba de cómo Félix vendía su maíz barato, de cómo Amalia se gastaba el dinero en cremas milagrosas que no servían, de cómo Liliana se pintaba la boca a escondidas.

Una tarde lluviosa, Noemí encontró un periódico viejo en la basura de la cocina. Era la sección de finanzas. Lo alisó con la mano y lo llevó al cuarto.
Gloria estaba más despierta que nunca. Ya podía sostener su cabeza sola y mover la mano derecha con cierto control.
—Mire, Doña Gloria. Encontré papeles con letras. Se los voy a leer para que no se aburra, aunque no entiendo ni jota.

Noemí se sentó en el suelo, recargada en la cama, y empezó a leer con dificultad. Su lectura era tropezada. Había dejado la escuela en segundo de primaria porque Amalia dijo que era gastar dinero a lo tonto.
—El… el mer… mercado de va… valores… cayó… picada… por la in… infla… infla… ción.
Noemí frunció el ceño.
—¿Inflacción? ¿Qué es eso? ¿Es como cuando se infla la panza de los marranos?

Desde la cama, se escuchó un ruido.
—Jm… jmmm.
Noemí volteó. Gloria estaba moviendo la mano, señalando el papel.
—¿Qué pasa? ¿Lo leí mal?
Gloria tomó aire. Llevaba días practicando en silencio, moviendo la lengua dentro de la boca, fortaleciendo los músculos.
—No… es… marranos —dijo Gloria. Su voz era ronca, lenta, separando cada sílaba con esfuerzo, pero inteligible.

Noemí soltó el periódico y se tapó la boca.
—¡Habló! ¡Habló clarito!
—Eco… no… mía —siguió Gloria, frunciendo el ceño con concentración—. Infla… ción. Es… cuando… el dinero… vale… menos.
Noemí la miró con los ojos abiertos como platos.
—Ah, ¡caray! Pues entonces en mi casa siempre hubo mucha inflación, porque el dinero nunca valía para nada.

Gloria soltó una risa. Una risa real, corta, seca, pero risa al fin.
—Eres… una… ignorante —dijo la anciana, pero había cariño en el insulto.
—Y usted es una maestra muy regañona.

Ese fue el punto de quiebre.
A partir de ese día, el cuarto se convirtió en una escuela clandestina.
Gloria, quien alguna vez había sido una de las mujeres de negocios más temidas y respetadas de México, “La Dama de Hierro”, encontró en esa niña de la sierra a su alumna más improbable.
Cuando Vanesa salía, Gloria le ordenaba a Noemí (con señas y palabras cortas) que trajera libros de la biblioteca. Libros que nadie leía en esa casa.
—Lee —ordenaba Gloria.
—Pero me trabo, señora.
—Lee.

Noemí leía en voz alta. Gloria corregía.
—No se dice “haiga”, niña del demonio. Se dice “haya”.
—Pero en mi pueblo todos dicen haiga.
—Pues aquí… no estamos… en tu pueblo. Aquí… hablamos… bien. Repite.
—Haya.
—Otra vez.
—Haya.

Noemí aprendía rápido. Tenía una inteligencia natural, una curiosidad hambrienta que había estado dormida bajo capas de miedo. Aprendió palabras nuevas: Patrimonio, Acción, Dividendo, Hipocresía.
Y Gloria aprendía también. Aprendía a tener paciencia. Aprendía a reírse de las ocurrencias de Noemí, de sus historias sobre “el Chueco”, el borracho del pueblo, o de cómo imitaba el caminado de Vanesa moviendo el trasero exageradamente.

—Mira, Doña Gloria, así camina la Bruja —decía Noemí, poniéndose unos trapos en la cabeza como si fuera una peluca y caminando de puntitas—. “Ay, Enrique, quita esa música de nacos, se me va a romper la uña”.

Gloria se reía tanto que le daban ataques de tos, y Noemí tenía que correr a darle agua, riéndose también. En esas cuatro paredes, encerradas con llave por dentro, eran libres. Eran familia.

Pero el secreto pendía de un hilo.
Un martes por la tarde, Enrique llegó temprano de la oficina. Estaba borracho, como solía estar últimamente. El negocio se estaba yendo a pique bajo su mando inepto, y él ahogaba su estrés en whisky.
Noemí estaba saliendo de la cocina con la bandeja de la cena de Gloria (papilla de verduras, lo único que Vanesa permitía, aunque Noemí siempre le escondía un pedazo de pollo o pan dulce debajo de la servilleta).

Enrique se topó con ella en el pasillo.
—¡Hey! Tú. La gata.
Noemí se congeló.
—Mande, patrón.
Enrique se tambaleó y se recargó en la pared, mirándola con los ojos rojos y vidriosos.
—Ya estás creciendo, ¿eh? —murmuró, recorriéndola con la mirada. Noemí tenía ahora casi once años, y la buena comida (gracias a Martha) y el descanso la habían hecho estirarse un poco. Ya no era tan esquelética.

—Con permiso, tengo que llevar la cena a la señora Gloria —dijo Noemí, tratando de pasar.
Enrique le bloqueó el paso.
—¿Cuál es la prisa? Esa vieja ni sabe si es de día o de noche. Oye… —Se inclinó hacia ella, apestando a alcohol—. ¿No te cansas de estar con esa momia? ¿No quieres… no sé… ganar un dinerito extra? Podrías limpiar mi despacho. Pero con la puerta cerrada.

Noemí sintió un asco frío recorrerle la espalda. Entendió perfectamente lo que insinuaba. Lo había visto en las miradas de los hombres en la cantina de su pueblo.
—No, señor. Gracias.
Intentó escabullirse por debajo de su brazo, pero Enrique la agarró de la muñeca.
—¡No me digas que no, mugrosa! Deberías estar agradecida de que te dimos techo. Tu padre te vendió, ¿recuerdas? Eres mía.

—¡Suélteme! —gritó Noemí, y por instinto, le dio un pisotón con su zapato escolar (que Martha le había conseguido de segunda mano).
Enrique aulló de dolor y la soltó.
—¡Maldita salvaje!

Noemí corrió. Corrió como si el diablo la persiguiera. Se metió al cuarto de Gloria y cerró la puerta con seguro, jadeando, con la bandeja temblando en sus manos.
Se recargó contra la puerta, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y miedo.

Gloria, que estaba sentada en la cama practicando escribir su firma en una libreta, levantó la vista. Vio la cara de la niña. Vio el terror.
—¿Qué… pasó? —preguntó Gloria, su voz endureciéndose al instante.
—El señor Enrique… —sollozó Noemí—. Me agarró. Me dijo cosas feas. Dijo que soy suya porque me compraron.

La cara de Gloria cambió. La suavidad que había ganado en las últimas semanas desapareció, reemplazada por una máscara de furia glacial. La “Dama de Hierro” había vuelto.
Apretó el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Acércate —dijo Gloria.

Noemí se acercó, limpiándose las lágrimas.
Gloria la tomó de la mano. Su agarre era firme ahora.
—Escúchame bien, Noemí. Nadie… te va a tocar. Nadie. Mientras yo respire… ese imbécil no te pone un dedo encima.

—Pero él es el dueño —dijo Noemí—. Él manda.
—Él es un gusano —escupió Gloria—. Él cree que manda. Pero el dueño… la dueña… soy yo. Y pronto… tú.

Noemí la miró confundida.
—¿Yo?
Gloria suspiró. Sabía que era arriesgado, pero tenía que darle a la niña algo a qué aferrarse. Tenía que encender un fuego en ella.
—Siéntate. Tenemos que hablar. No de gramática. No de historias de chivas. Vamos a hablar… de negocios. Y de guerra.

Gloria señaló un cajón de la cómoda que estaba cerrado con llave.
—En el fondo de mi clóset… dentro de un zapato viejo… hay una llave pequeña. Búscala.
Noemí obedeció. Encontró la llavecita plateada.
—Abre ese cajón.
Noemí abrió el cajón. Adentro había papeles viejos, joyas que Vanesa no había encontrado, y una chequera dorada.
—Tráeme la chequera.

Gloria abrió la chequera. Sus manos temblaban un poco, pero logró firmar un cheque. Lo arrancó y se lo dio a Noemí.
Noemí miró el papel. Tenía muchos ceros.
—¿Qué es esto?
—Es poder —dijo Gloria—. Es mi firma. Todavía vale en el banco. Mañana… le vas a dar esto a Martha. Le vas a decir que vaya al banco y lo cambie. Y con ese dinero… vas a comprar una cerradura nueva para esta puerta. Una que solo tú y yo podamos abrir. Y vas a comprarte ropa decente. Y un teléfono celular de prepago.

—¿Un teléfono? ¿Para qué?
—Para grabar —dijo Gloria, con una sonrisa que daba miedo—. Si Enrique se te vuelve a acercar… lo grabas. Si Vanesa dice que me estoy muriendo… la grabas. Vamos a juntar pruebas, mi niña. Vamos a armar nuestro arsenal.

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