LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

Martha cerró la puerta.
Noemí se quedó sola. El silencio del cuarto zumbaba en sus oídos. Dejó su bolsa en el suelo. Se sentó en la cama. El colchón se hundió bajo su peso pluma.
Sacó la foto de su madre y la puso sobre la mesita, recargada contra la pared.
—Ya llegamos, mamá —susurró a la foto—. Mira. Tengo cama. Comí quesadillas. La señora Martha es buena.

Se quitó el vestido sucio. Su cuerpo estaba flaco, marcado por cicatrices viejas y la quemadura nueva y roja en el pecho. Entró al baño del pasillo. Abrió la llave. El agua salió caliente.
Noemí nunca se había bañado con agua caliente que saliera de la pared. Siempre había sido con jícara y agua calentada en la leña. Se quedó bajo el chorro mucho tiempo, dejando que el calor le desentumiera los huesos y le lavara la tierra del viaje. Lloró bajo el agua, mezclando sus lágrimas con el chorro para que no contaran. Lloró por su padre que la vendió, por el miedo a Vanesa, por la inmensidad de la ciudad que la rodeaba.

Regresó a su cuarto, se puso el otro vestido (que estaba igual de viejo pero menos sucio) y se acostó. Apagó la luz.
La oscuridad aquí era diferente a la de la sierra. No era una oscuridad total. La luz anaranjada de las farolas de la calle se colaba por la ventanita alta, dibujando rejas de sombra en el suelo.
Se sentía como una prisión.

Intentó dormir, pero los ruidos de la casa la mantenían alerta. Escuchaba pasos en el piso de arriba. Tacones. Clac, clac, clac. Vanesa caminando sobre su cabeza. Escuchaba voces apagadas. Y luego, un sonido diferente.
Un gemido.
Largo, doloroso, arrastrado. Venía del final del pasillo, del otro lado de la pared.

Aaaay… Aaaaagua…

Noemí se sentó en la cama, con el corazón latiendo desbocado.
—¿Hola? —susurró.
Nadie contestó, pero el gemido se repitió.
Mueee… ro…

Era el cuarto de la enferma. La “Momia”. Doña Gloria.
Martha le había dicho que descansara, que empezara mañana. Pero ese sonido… era el sonido de alguien que estaba sufriendo sola. Noemí conocía ese sonido. Lo había escuchado salir de su propia garganta muchas noches.

Se levantó descalza. Abrió su puerta sin hacer ruido. El pasillo estaba oscuro. Caminó hacia la puerta del fondo, de donde venía el lamento.
Giró la perilla. Estaba sin seguro.
Empujó la puerta.

El olor la golpeó primero. Era un olor denso, agrio. Olor a encierro, a medicina rancia, a orines viejos y a tristeza. Era el olor del abandono.
El cuarto estaba en penumbra total, las cortinas blackout no dejaban entrar ni un rayo de luz de la calle. Hacía calor, un calor sofocante porque las ventanas estaban cerradas y no había ventilación.

Noemí dio un paso adentro. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad.
Poco a poco, distinguió una cama grande, antigua, de madera tallada, en el centro del cuarto. Y en medio de ese mueble enorme, un bulto pequeño bajo las sábanas revueltas.
Se acercó de puntitas.

—¿Señora? —susurró.

El bulto se movió bruscamente. Una mano esquelética, como una garra de pájaro, salió de entre las sábanas y se aferró al aire.
—¡Agua! —graznó una voz seca, rasposa, como si tuviera arena en la garganta.

Noemí miró a su alrededor. Vio una jarra de cristal en una mesa lejana, pero estaba vacía. Vanesa había dicho que la cuidaban, pero esa jarra estaba seca y llena de polvo.
Salió corriendo al baño, llenó un vaso de plástico con agua del grifo y regresó.
—Aquí está, señora. Aquí hay agua.

Se acercó a la cama. La mujer intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas. Noemí, con una fuerza que no sabía que tenía, le pasó el brazo por detrás del cuello, levantándole la cabeza con cuidado. Sintió el cabello ralo y grasoso de la anciana, la piel fina como papel de arroz.
Acercó el vaso a los labios agrietados.
La mujer bebió con desesperación, tosiendo, derramando un poco por la barbilla. Noemí usó el borde de su vestido para limpiarle con suavidad.

—Despacio, despacio… ya pasó.

Cuando el vaso se vació, la mujer se dejó caer de nuevo en la almohada, respirando con dificultad.
Por primera vez, abrió los ojos y miró a Noemí.
En la penumbra, Noemí vio unos ojos grises, nublados por la catarata y el dolor, pero que aún conservaban una chispa de inteligencia feroz. Eran ojos de águila atrapada en el cuerpo de un gorrión moribundo.

—¿Quién… quién eres tú? —susurró la anciana. Su voz sonaba a amenaza y a súplica al mismo tiempo.

—Soy Noemí —respondió ella—. Soy la nueva.

La anciana soltó una risa que sonó como un carraspeo doloroso.
—Otra… otra niña tonta… Vanesa te mandó… para verme morir…

—No, señora. Me mandaron para limpiarla.
—Déjame… déjame morir en paz. Vete. Hueles a pobre.

Noemí no se ofendió. Ya había escuchado cosas peores esa mañana.
—Pues sí huelo a pobre, porque soy pobre. Pero usted huele a pipí, señora. Y eso se quita con agua y jabón. Así que mañana la voy a lavar.

La anciana la miró, sorprendida por la respuesta. Nadie le hablaba así. Las otras enfermeras le hablaban con voz fingida de bebé o la ignoraban. Esta niña le hablaba de frente.
—Eres… una insolente.
—Y usted es una grosera. Pero mi mamá decía que a los enfermos se les perdona todo.

Noemí acomodó la sábana, que estaba hecha bola a los pies de la cama, y cubrió a la mujer.
—Duerma. Mañana abro las cortinas. Aquí parece cueva de murciélago.

Se dio la vuelta para irse.
—Espera —dijo la anciana.
Noemí se detuvo en la puerta.
—¿Qué?
—Gracias… por el agua.

Noemí asintió en la oscuridad y salió, cerrando la puerta suavemente.
Regresó a su cuarto y se metió en la cama. Su corazón ya no latía con miedo, sino con algo más. Un propósito.
Esa vieja en el cuarto de al lado estaba sola. Igual que ella. Estaba atrapada en una casa que la odiaba. Igual que ella.
Vanesa había dicho que eran invisibles.
Pues vamos a ser invisibles juntas —pensó Noemí—. Y si somos invisibles, podemos hacer cosas que nadie ve.

Cerró los ojos y, por primera vez en veinticuatro horas, durmió profundamente, mientras afuera, la enorme Ciudad de México seguía rugiendo, indiferente a la pequeña alianza que acababa de nacer en el cuarto de servicio de una mansión en Las Lomas.

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