LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

El portón se abrió lentamente, revelando la propiedad.
Noemí contuvo el aliento. La casa era blanca, inmaculada, de estilo moderno con ventanales enormes. Tenía un jardín delantero que era más grande que toda la parcela de maíz de su padre. Había una fuente de piedra en medio de la rotonda para los coches.
—Bájense —ordenó Vanesa en cuanto el coche se detuvo.

Noemí obedeció. Sus piernas estaban entumecidas. Al pisar el suelo de adoquín perfecto, sus huaraches de plástico hicieron un sonido ridículo. Clap, clap.
Se quedó parada junto a la camioneta, abrazando su bolsa, temblando de frío y de miedo.
Vanesa bajó y se estiró, como un gato satisfecho. Miró a Noemí con desdén.
—Deja de temblar, niña. Me pones nerviosa. Y cierra la boca, te van a entrar moscas.

Enrique bajó las maletas de ellos (las de marca) y se las dio al chofer.
—Vamos adentro. Tengo hambre.

Entraron por la puerta principal, una puerta de madera maciza y pesada que se abría con huella digital.
Si por fuera la casa era impresionante, por dentro era aplastante. El vestíbulo tenía un techo de doble altura del que colgaba una lámpara de cristales que parecía una lluvia de diamantes congelados. El piso era de mármol blanco, tan pulido que parecía un espejo de agua. Había cuadros abstractos en las paredes, esculturas extrañas de metal y un olor a flores frescas que ocultaba cualquier rastro de humanidad.

Noemí se quedó parada en el tapete de la entrada, sin atreverse a pisar el mármol. Sentía que sus pies iban a ensuciar esa blancura sagrada.
—¡No te quedes ahí parada como poste! —chasqueó los dedos Vanesa—. Camina.

—Perdón, señora… es que… mis huaraches tienen tierra…
—Pues quítatelos —dijo Vanesa con indiferencia—. Y cárgalos. No quiero lodo en mi piso italiano.

Noemí se agachó rápidamente, se quitó los huaraches y los metió en su bolsa de plástico junto con la foto de su madre. Ahora estaba descalza sobre el mármol frío. El frío le subió por las plantas de los pies hasta la nuca.

—Martha! —gritó Vanesa. Su voz resonó en la casa vacía.

Una mujer de unos cincuenta años, con uniforme gris y delantal blanco, apareció casi corriendo desde una puerta lateral. Tenía la cara amable pero los ojos bajos, sumisos.
—Buenas noches, señora. Señor. Bienvenidos. ¿Se les ofrece algo?
—Sí. Cena ligera en media hora. Y llévate a esto —señaló a Noemí con un gesto de la cabeza, como si señalara una bolsa de basura—. Es la nueva. La que va a cuidar a “La Momia”.

Martha miró a Noemí. Por un segundo, sus ojos mostraron sorpresa y luego, una profunda tristeza. Vio a la niña descalza, sucia, con la quemadura roja asomando por el cuello de su vestido roto.
—Sí, señora. Ven conmigo, hija.

Noemí dio un paso hacia Martha, aliviada de ver una cara que no la miraba con odio. Pero Vanesa la detuvo con una voz cortante.
—Espera. Antes de que te vayas a tu agujero, vamos a dejar las reglas claras. Mírame cuando te hablo.

Noemí levantó la vista, encontrándose con los ojos fríos de Vanesa detrás de sus gafas de diseñador.
—Regla número uno: Eres invisible. No quiero verte, no quiero oírte, no quiero olerte. Si mis amigos vienen, tú desapareces. Si estamos comiendo, tú no existes.
—Sí, señora.

—Regla número dos: Tu trabajo es exclusivamente con mi suegra, la señora Gloria. Ella vive en el cuarto de la planta baja, al fondo. La limpias, le das de comer lo que Martha te diga, le cambias los pañales y te aseguras de que no haga ruido. Si ella grita, es tu culpa. Si ella huele mal, es tu culpa. ¿Entendiste?
—Sí, señora.

—Regla número tres: —Vanesa se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Noemí. Olía a vino y a maldad—. Aquí no se roba. Sé que vienes de la basura, y sé que la gente como tú tiene las manos largas. Si falta una cuchara, un pan o un solo centavo, voy a llamar a la policía. Y créeme, en la cárcel no te van a tratar tan bien como aquí.

Noemí tragó saliva.
—Yo no robo, señora. Mi mamá me enseñó que robar es pecado.
Vanesa soltó una carcajada seca.
—Tu mamá te vendió por unos cuantos billetes, niña. Así que no me hables de moral. Ahora lárgate. Hueles a monte.

Martha le hizo una seña suave y Noemí la siguió. Cruzaron el salón, pasaron por un comedor con una mesa de vidrio tan larga que cabrían veinte personas, y entraron a la cocina.
La cocina era otro mundo. Acero inoxidable, ollas brillantes, una nevera de dos puertas que zumbaba suavemente.
—Pobrecita… —susurró Martha en cuanto se cerró la puerta de la cocina, asegurándose de que los patrones no escucharan—. ¿Cómo te llamas, mi vida?

—Noemí —respondió, y al decir su nombre, sintió ganas de llorar. Era la primera vez en todo el día que alguien le preguntaba su nombre con amabilidad.
—Soy Martha. Soy la cocinera y ama de llaves. Ven, siéntate aquí en el banquito. ¿Tienes hambre?
Noemí asintió vigorosamente. Su estómago rugió como respuesta.

Martha sacó rápidamente dos quesadillas que tenía guardadas y se las dio en una servilleta.
—Cómetelas rápido antes de que venga alguien.
Noemí devoró la comida. El queso caliente, la tortilla de harina… le supo a gloria. Se quemó la lengua, pero no le importó.
—Gracias, señora Martha.
—Dime Martha nada más. Mira tus pies… y esa quemadura. Ay, Dios mío. ¿Te la hicieron ellos?
—No, fue mi madrina. Con frijoles hirviendo.

Martha se persignó y negó con la cabeza.
—Hay gente que no tiene perdón de Dios. Ven, te voy a llevar a tu cuarto. Mañana te busco algo para esa quemada y ropa de tu talla, porque con esos trapos no puedes andar aquí. La señora Vanesa es muy especial con la apariencia.

Salieron de la cocina por una puerta trasera que daba a un pasillo estrecho y sin ventanas. Era el área de servicio, el sistema circulatorio oculto de la mansión.
—Aquí dormimos nosotras —explicó Martha—. Mi cuarto es este. El tuyo es el del fondo, junto al cuarto de lavado. Es chiquito, pero es seguro.

Martha abrió la puerta.
El cuarto era minúsculo. Apenas cabía una cama individual con un colchón delgado, una mesita de madera astillada y una silla. Había una ventana pequeña, alta, con barrotes, que daba a un muro gris. Olía a humedad y a jabón en polvo, ya que estaba pegado a la lavandería.
Para alguien acostumbrado al lujo, sería una celda. Pero Noemí miró la cama. Tenía sábanas. Tenía una almohada. Un techo de concreto que no tenía goteras.

—¿Es todo para mí? —preguntó Noemí.
—Sí, mija. Ahí está el baño compartido. Dúchate con agua caliente, te va a hacer bien. Y duérmete. Mañana empieza el calvario. La señora Gloria… —Martha dudó un momento—. La señora Gloria es difícil. Está enferma, pero tiene un genio… Bueno, ya verás. Descansa.

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