Lanzó una bolsa de plástico negro con dos vestidos viejos dentro.
Noemí fue empujada hacia la camioneta. El chofer la subió casi cargando.
—¡Papá! —gritó una última vez, con la voz desgarrada.
Félix estaba contando el dinero otra vez, dándole la espalda. Liliana estaba en la ventana, riéndose y despidiéndose con la mano.
La puerta de la camioneta se cerró con un golpe seco, sellando su destino. El motor rugió. El aire acondicionado la golpeó, secando sus lágrimas de golpe con su frío artificial.
Mientras la camioneta avanzaba, levantando una nube de polvo que borraba su casa, su pueblo y su vida, Noemí miró a Félix haciéndose pequeño en la distancia.
Y en ese momento, algo se rompió dentro de ella. Y algo nuevo nació. Una dureza. Una promesa.
—Un día voy a volver —pensó, apretando la foto de su madre contra su pecho quemado—. Y cuando vuelva, no voy a ser la sirvienta de nadie.
La camioneta tomó la carretera, alejándose de la sierra, llevando a una niña rota hacia una ciudad de monstruos de cemento, sin saber que ese viaje no era el final, sino el comienzo de una verdad que sacudiría los cimientos de esa familia rica que ahora la miraba con asco desde los asientos delanteros.
CAPÍTULO 2: LA JAULA DE ORO Y EL MONSTRUO DE CEMENTO
El interior de la camioneta olía a algo que Noemí nunca había olido antes. No olía a tierra mojada, ni a humo de leña, ni al sudor agrio de su padre después de trabajar en el campo. Olía a frío. Olía a cuero nuevo, a lavanda sintética y a un perfume dulce y empalagoso que emanaba de la mujer rubia sentada en el asiento del copiloto. Era un olor que mareaba, un olor a dinero que asfixiaba.
Noemí iba sentada en el asiento trasero, encogida en la esquina más alejada, pegada a la puerta como si quisiera fundirse con el metal y desaparecer. Sus manos, pequeñas y mugrientas, apretaban la bolsa de plástico negro contra su pecho con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Dentro de esa bolsa iba su vida entera: dos vestidos deshilachados, un peine al que le faltaban dientes y la foto de su madre. Nada más.
El aire acondicionado soplaba con fuerza desde las rejillas. Para Noemí, que solo conocía el frío natural de la sierra o el calor del sol, ese aire artificial era una tortura. Le secaba la garganta y le congelaba el sudor frío que le bajaba por la espalda. Tiritaba visiblemente, pero no se atrevía a moverse. Tenía miedo de ensuciar la tapicería de piel color crema. Tenía miedo de respirar demasiado fuerte.
—Enrique, por favor, dile al chofer que le baje a la música. Me va a estallar la cabeza —dijo Vanesa, masajeándose las sienes con sus dedos llenos de anillos. No se giró para hablar. Para ella, la niña en el asiento trasero no existía. Era un bulto, una maleta más.
—Ya oíste, Beto. Quita eso —ordenó Enrique, revisando su celular sin levantar la vista.
El chofer apagó la radio. El silencio que siguió fue peor que la música. Ahora solo se escuchaba el zumbido de las llantas devorando el asfalto. Zzzzz, zzzzz. Cada kilómetro que avanzaban era un kilómetro más lejos de todo lo que Noemí conocía.
Miró por la ventana polarizada. El paisaje cambiaba lentamente. Los árboles verdes y frondosos de la sierra empezaron a desaparecer, reemplazados por arbustos secos y luego por construcciones grises a medio terminar. Casas de bloque sin pintar, techos de lámina, perros flacos cruzando la carretera.
—Mira nada más —comentó Vanesa, señalando por la ventana con una uña larga y pintada de rojo sangre—. Qué asco de gente. Viven como ratas. Deberían prohibir que construyan así cerca de la autopista, arruinan la vista.
Noemí sintió un nudo en la garganta. Esas casas “de ratas” se veían mejor que la suya. Al menos esas casas tenían ventanas de vidrio. La suya tenía huecos tapados con plástico. Si esa gente eran ratas, ¿qué era ella? ¿Una cucaracha?
Las horas pasaron. El sol comenzó a caer, tiñendo el cielo de naranja y luego de un morado sucio por el smog. Y entonces, apareció.
La Ciudad de México.
Noemí nunca había visto una ciudad. Lo más grande que conocía era el pueblo cabecera donde iba al mercado los domingos, que tenía una iglesia y una plaza. Pero esto… esto no era un pueblo. Esto era un monstruo.
Al cruzar la caseta de cobro, las luces de la ciudad se extendieron ante sus ojos como un mar infinito de brasas ardiendo. Millones de luces. Edificios que parecían tocar las nubes, carreteras que se enredaban unas con otras como serpientes de concreto. El ruido se filtraba incluso a través de los vidrios blindados de la camioneta: cláxones, sirenas, motores rugiendo.
—Bienvenida al caos —murmuró Enrique, guardando su teléfono.
La camioneta se sumergió en el tráfico del Periférico. Noemí pegó la cara al vidrio, con los ojos abiertos como platos. Veía coches de todos los colores, autobuses verdes que echaban humo negro, gente corriendo por los puentes peatonales. Vio espectaculares gigantes con mujeres semidesnudas anunciando cerveza, vio pantallas brillantes que se movían.
Se sintió minúscula. Una hormiga en medio de una estampida de elefantes.
—Mamá —pensó—. Aquí nadie me va a encontrar nunca. Si grito, nadie me va a oír.
—Ya casi llegamos —dijo Vanesa, retocándose el labial en el espejo del parasol—. Enrique, recuérdame decirle a la agencia de seguridad que mañana vienen a instalar las cámaras nuevas. No confío en nadie, y menos ahora que tenemos a esta… extraña en la casa.
—Sí, mi amor.
La camioneta salió de la vía rápida y comenzó a subir hacia las lomas. Aquí, el paisaje cambió drásticamente. El ruido disminuyó. Las calles se volvieron anchas y arboladas. Ya no había basura en el suelo. Las casas no eran casas; eran fortalezas. Muros de tres metros de altura coronados con cercas eléctricas, cámaras de vigilancia en cada esquina, casetas de policía privada.
Lomas de Chapultepec. El reino del dinero.
Noemí miraba con asombro. Todo estaba limpio. Todo estaba en silencio. Los árboles estaban podados en formas perfectas. Los coches que pasaban eran todos nuevos y brillantes.
Finalmente, la camioneta se detuvo frente a un portón negro, inmenso, de hierro forjado. Parecía la entrada al infierno o al cielo, no estaba segura.
El chofer bajó la ventanilla y habló con un guardia de seguridad armado que salió de una caseta.
—Familia Montenegro —dijo el chofer.
El guardia asintió, revisó algo en una lista y presionó un botón.
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