LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

Noemí asintió y se puso de rodillas a recoger los frijoles.
—Madrina… —se atrevió a decir—. Me duele mucho el pecho. Creo que se me hizo ampolla.
Amalia soltó una carcajada seca.
—¿Y qué quieres? ¿Que te lleve al hospital? Échate manteca y cállate. La gente pobre no tiene tiempo para enfermarse. Además, eso te pasa por inútil.

Esa tarde, mientras Noemí caminaba por el sendero del monte cargando un tercio de leña que pesaba más que ella, sintió que las fuerzas la abandonaban. El sol estaba en su punto más alto. El sudor le escocía en la quemadura del pecho.
Se detuvo bajo la sombra de un mezquite. Se sentó sobre una piedra y miró hacia el horizonte. Allá lejos, se veían las montañas azules. Se preguntaba qué habría detrás de ellas. ¿Habría otro mundo? ¿Un mundo donde las niñas no tuvieran que cargar leña y donde los padres defendieran a sus hijas?

De repente, escuchó el motor de un vehículo. Era raro ver coches por esos caminos de terracería, a menos que fuera el camión del gas o algún perdido.
Se asomó entre los arbustos. Vio una camioneta negra, grande, brillante. Parecía un escarabajo gigante y lujoso. Avanzaba lento, esquivando los baches.
Noemí sintió un escalofrío inexplicable. Un presentimiento. Como cuando los perros aúllan antes de un temblor.
Vienen —pensó, sin saber quiénes ni a qué—. Algo va a pasar.

Agarró su leña y corrió hacia su casa, tomando atajos por entre las milpas. Llegó justo cuando la camioneta se estacionaba frente a la cerca de palos de su casa.
Félix estaba afuera, se había quitado el sombrero y lo sostenía en el pecho con una actitud sumisa que Noemí detestaba. Amalia se estaba arreglando el pelo apresuradamente, con una sonrisa avariciosa pintada en la cara.

De la camioneta bajó un chofer de uniforme, quien corrió a abrir la puerta trasera.
Bajó primero una pierna, enfundada en un pantalón de tela fina y un zapato de tacón que costaba más que toda la casa de Noemí. Luego salió la mujer. Alta, rubia (de tinte), con lentes oscuros enormes y joyas que brillaban bajo el sol de la tarde. Era Vanesa.
Detrás de ella bajó un hombre, Enrique. Miraba el suelo de tierra con asco, como si temiera ensuciarse el alma.

Noemí se escondió detrás del lavadero. Su corazón latía tan fuerte que le dolían las costillas.
—Buenas tardes, Don Félix —dijo Enrique, con voz de quien está acostumbrado a mandar.
—Buenas, patrón, buenas —respondió Félix, haciendo una reverencia torpe—. Pasen, pasen a lo barrido. Aunque sea humilde.

—No venimos a hacer visitas sociales —cortó Vanesa, sin quitarse los lentes—. Venimos por lo que acordamos. ¿Está lista?

Félix tragó saliva y miró hacia la casa.
—Sí, señora. Está lista.
—Más le vale que esté sana —dijo Vanesa—. No quiero gastar en medicinas para una sirvienta. Necesito que trabaje duro. Mi suegra es una carga pesada.

Amalia intervino, con su voz melosa y falsa.
—¡Uy, patrona! La niña es fuerte como un mulo. Come poco y trabaja mucho. Es perfecta para lo que usted necesita. Y es muy obediente. A veces hay que darle un coscorrón para que entienda, pero es buena.

Noemí, escondida, se tapó la boca para no gritar. ¿De qué hablaban? ¿Sirvienta? ¿Acordamos?
—Bien —dijo Enrique. Sacó un sobre amarillo abultado del interior de su saco—. Aquí está el resto. Cuéntelo si quiere.

Félix tomó el sobre. Sus manos temblaban. Lo abrió y vio el fajo de billetes. Sus ojos brillaron con una lujuria que Noemí nunca había visto. Era dinero. Mucho dinero. Dinero para comprar alcohol, para arreglar el techo, para que Amalia dejara de gritarle un rato.
—Está cabal, patrón. Dios se lo pague.

—¡Noemí! —gritó Félix, guardándose el sobre en el pantalón—. ¡Sal de ahí!

Noemí no se movió. Estaba paralizada por el terror. La habían vendido. Su propio padre la había vendido como si fuera un chivo o un costal de frijol.
Amalia caminó hacia el lavadero, sabiendo exactamente dónde se escondía. La agarró del brazo y la arrastró hacia el centro del patio.
—¡Aquí está! —anunció, empujándola frente a los extraños.

Noemí cayó de rodillas. Levantó la vista. Vanesa se bajó los lentes y la miró de arriba abajo. Hizo una mueca.
—Dios mío, qué aspecto. Está llena de tierra y… ¿qué es eso en su pecho? ¿Tiene sarna?
—No, señora, es… se quemó con la sopa, es torpe, ya le dije —se apresuró a decir Amalia—. Pero sana rápido.

—Levántate —ordenó Enrique.
Noemí se puso de pie, temblando.
—Papá… —susurró, mirando a Félix—. Papá, no me dejes ir. Por favor. Te prometo que voy a comer menos. No voy a pedir zapatos. Voy a trabajar más. Pero no me vendas.

Félix miró hacia otro lado, incapaz de sostener la mirada de su hija.
—Es por tu bien, Noemí. Aquí no tienes futuro. Allá vas a comer carne. Vas a vivir en una casa grande. No seas malagradecida.

—¡No! —gritó Noemí—. ¡No quiero carne! ¡Quiero a mi papá!
Amalia le dio un zape en la cabeza.
—¡Cállate! No nos avergüences. Ve por tus trapos. ¡Órale!

Noemí corrió a su cuarto, pero no para empacar, sino para esconderse. Se metió debajo del catre, abrazando la foto de su madre.
—Mamá, ayúdame. Mamá, ven por mí.
Pero nadie vino. Solo Amalia, que entró hecha una furia, la sacó de los pelos y la arrastró hacia afuera.
—¡Llevas tu bolsa o te vas sin nada!

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