Puso el nixtamal a calentar. El olor a maíz cocido le despertó aún más el hambre.
—Solo una probadita —pensó, mirando la masa—. No, si se dan cuenta…
De repente, el silencio se rompió.
—¡Noemí! —El grito vino desde la casa principal. Era una voz aguardentosa, cargada de mal humor.
El corazón de Noemí dio un vuelco. Amalia había despertado.
—¡Ya voy, madrina! —gritó de vuelta, tratando de que su voz no temblara.
Corrió hacia la casa. Amalia estaba sentada en el borde de la cama, con los pelos parados y una bata floreada que apenas le cerraba. Félix, su padre, seguía roncando a su lado, ajeno al mundo.
—¿Por qué hay tanto ruido? —gruñó Amalia, rascándose la cabeza—. Parece que estás tirando la casa, inútil. ¿Ya está el café?
—Ya casi, madrina. El fuego apenas prendió…
—¿Apenas? —Amalia se levantó de golpe. Era una mujer grande, intimidante, con manos que parecían palas—. Son las seis de la mañana, escuincla del demonio. ¿Qué estuviste haciendo? ¿Durmiendo? ¡Seguro estabas de floja!
—No, madrina, fui por el agua, barrí el patio…
—¡No me contestes! —Amalia levantó la mano y Noemí se encogió instintivamente, cerrando los ojos. El golpe no llegó, pero la amenaza quedó flotando en el aire—. Lárgate a la cocina y más te vale que las tortillas estén calientes cuando me siente a la mesa. Y cuidado con quemarlas, porque te las vas a tragar carbonizadas.
Noemí corrió de vuelta a la cocina. Sus manos volaban haciendo las tortillas. Palmeo, comal, vuelta. Palmeo, comal, vuelta. El calor del fogón le quemaba la cara, pero no podía parar.
Poco después, Liliana entró. Liliana tenía doce años, dos más que Noemí, pero parecía de otro mundo. Estaba gordita, con la piel limpia y el pelo brillante. Llevaba su uniforme de secundaria, una falda gris tableada y una blusa blanca impecable.
Liliana se sentó en la mesa de madera, masticando un chicle con la boca abierta.
—Oye, gata —dijo, sin mirarla—. Mis zapatos están sucios. Límpialos antes de que me vaya.
—Estoy haciendo las tortillas, Liliana. Si las dejo se queman.
—¿Y a mí qué me importa? —Liliana se quitó un zapato escolar y lo aventó. El zapato golpeó a Noemí en el hombro—. Mi mamá dice que para eso estás. Para servirnos. Así que apúrate.
Noemí sintió las lágrimas picar en sus ojos, pero se las tragó. Dejó la masa, agarró un trapo viejo y escupió en él para limpiar el zapato de su hermanastra. Lo dejó brillante.
—Ten.
Liliana se lo puso y se rio.
—Gracias, cenicienta. Lástima que no vas a ir al baile. Ni a la escuela. Qué burra te vas a quedar.
En ese momento entró Félix. El padre. El hombre que, se suponía, debía protegerla. Entró arrastrando los pies, con los ojos rojos de la cruda de anoche. Se sentó a la cabecera.
—Buenos días, pa —dijo Noemí en voz baja.
Félix gruñó algo ininteligible y golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Café. Y que pique.
Noemí le sirvió el café negro, hirviendo, en un jarro de barro. Luego sirvió los frijoles y puso el montoncito de tortillas recién hechas en el centro, envueltas en una servilleta bordada (que ella misma había bordado, aunque Amalia decía que lo había comprado).
Amalia entró, ya vestida, y se sentó como una reina. Probó los frijoles. Hizo una mueca de asco.
—¡Pua! —Escupió el bocado en el suelo—. ¿Qué le echaste a esto, mensa? ¡Sabe a quemado!
—No, madrina, le juro que no…
—¡Sabe a quemado! —gritó Amalia. Agarró el plato de barro lleno de frijoles calientes y, sin pensarlo dos veces, se lo lanzó a Noemí.
El plato golpeó el pecho de la niña y el caldo hirviendo empapó su vestido. Noemí gritó de dolor, un grito agudo que se ahogó rápido por el miedo.
—¡Ay! ¡Quema!
—¡Para que aprendas a cocinar bien! —bramó Amalia—. ¡Me quieres envenenar! ¡Eres una bruja, igual que tu madre!
Félix ni siquiera levantó la vista de su café. Siguió sorbiendo ruidosamente, como si su hija no se estuviera quemando la piel a dos metros de él.
—Ya cállense —dijo Félix con voz ronca—. Me duele la cabeza. Noemí, límpiate y deja de llorar. Pareces magdalena.
Noemí corrió afuera, hacia la pila de agua, y se echó agua fría en el pecho. La piel estaba roja, ardiendo. Lloraba en silencio, con ese llanto mudo que es el más doloroso de todos, el que se traga para no molestar.
Se sentó detrás de la pila, abrazando sus rodillas.
—Mamá… mamá, ¿dónde estás? —sollozó—. ¿Por qué me dejaste aquí con ellos?
Sacó de entre su ropa, escondida en un bolsillo secreto que había cosido en su fondo, una foto pequeña. Estaba en blanco y negro, arrugada, con las esquinas rotas. En ella se veía a una mujer joven, de sonrisa amplia y ojos bondadosos, cargando a un bebé. A su lado estaba Félix, pero un Félix más joven, menos acabado por el alcohol.
Esa mujer era Sara, su madre. La mujer que había muerto cuando Noemí tenía cuatro años. La única persona que la había besado, que le había peinado el cabello con suavidad.
—Dicen que soy mala, mamá. Dicen que soy una bruja. ¿Es verdad? —le preguntó a la foto—. Amalia dice que por mi culpa te moriste. Que yo traigo la mala suerte.
El recuerdo de su madre era borroso, como un sueño que se desvanece al despertar. Recordaba olor a vainilla. Recordaba una canción sobre un conejo que saltaba en el monte. Y recordaba una promesa: “Siempre voy a cuidarte, mi niña de la luna“.
—Pues no me estás cuidando —reprochó Noemí al cielo—. Me están matando, mamá.
Regresó a la cocina cuando escuchó que Liliana se iba a la escuela y Félix se iba al campo. Amalia se había quedado sentada, limpieándose los dientes con un palillo.
—Limpia este chiquero —ordenó Amalia, señalando los frijoles tirados en el suelo—. Y después te vas al monte a buscar más leña. Y quiero leña buena, no ramas podridas. Y ay de ti si te veo platicando con alguien.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
