LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

Luciana sonrió.
—Ese es el mejor halago que me has hecho en tu vida.
Luciana sacó de su bolsa un billete de quinientos pesos.
Lo dejó caer al suelo, frente a las rodillas de Vanesa. Justo como su padre Félix había tenido que recoger el dinero del polvo años atrás.
—Para el taxi de regreso. Y para una botella, que es lo que seguramente vas a comprar. No vuelvas a pararte aquí. La próxima vez, haré que te arresten por vagancia.

Luciana se dio la vuelta.
—Ramírez, sácala. Y desinfecten el pasillo.

Mientras se alejaba, escuchó los gritos de Vanesa, maldiciendo y llorando, mientras la arrostraban al elevador. Luciana entró a su oficina y cerró la puerta.
Se recargó en la madera fría. Su corazón latía fuerte. No sentía placer. No sentía alegría. Sentía… nada.
El odio se había consumido. Ya no quedaba nada de ellos en su vida. Eran polvo.
Se acercó a su escritorio, tomó el teléfono y marcó un número privado.
—¿Hospital General? Habla la oficina de Luciana Montenegro. Hay un paciente ingresado, Enrique Montenegro. Sí. Pásenlo a una habitación privada. Cubran sus gastos médicos básicos y paliativos. Que no sufra dolor. Pero bajo ninguna circunstancia le digan quién pagó. Y no le den un solo centavo en efectivo a su esposa. Solo paguen al hospital directamente. Gracias.

Colgó.
No lo hizo por Enrique. Lo hizo por su padre, Daniel. Porque Daniel no hubiera dejado morir a un perro en la calle, aunque ese perro lo hubiera mordido.
Descansa en paz, tío Enrique —susurró—. Pero lejos de mí.

Esa tarde, Luciana llegó a la mansión de Las Lomas.
La casa estaba tranquila, bañada por la luz dorada del atardecer.
Encontró a Gloria en el jardín trasero, sentada en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas, mirando los rosales que Martha cuidaba con esmero.
Gloria se veía frágil. Su piel era casi transparente. En las últimas semanas, su energía se había ido apagando como una vela que se consume.

Luciana se sentó en la banca de piedra junto a ella.
—Hola, abuela.
Gloria abrió los ojos y sonrió. Esa sonrisa seguía siendo suya.
—Hola, mi niña. Te vi en la junta. Estuviste magnífica. Ese idiota de López casi llora cuando le gritaste. Me recordaste a mí en el 85.

—Vino Vanesa hoy —dijo Luciana.
La sonrisa de Gloria desapareció.
—¿A la oficina?
—Sí. Fue a pedir dinero. Enrique se está muriendo.
Gloria miró las rosas. Suspiró profundamente, un sonido que venía desde el fondo de sus pulmones cansados.
—¿Y qué hiciste?
—La corrí. Pero pagué los gastos del hospital de Enrique en secreto.
Gloria la miró. Hubo un silencio largo. Luego, la anciana asintió lentamente.
—Eres mejor que yo, Luciana. Yo lo hubiera dejado pudrirse. Tu padre… Daniel… él tenía ese corazón. Esa es tu fuerza. No dejes que el mundo te la quite. Puedes ser dura, pero nunca seas cruel. La crueldad es de los débiles.

Gloria tosió, un sonido seco y doloroso. Luciana se acercó y le acomodó la manta.
—Abuela… ¿estás bien?
—Estoy cansada, mi amor. Muy cansada. He estado peleando mucho tiempo. Primero para construir la empresa. Luego para sobrevivir a mi hijo. Luego para encontrarte. Y luego para enseñarte.
Gloria tomó la mano de Luciana. Sus dedos estaban fríos.
—Mi trabajo está hecho. El imperio está seguro. Tú estás segura. Ya no me necesitas para espantar a los monstruos.

—No digas eso —se le quebró la voz a Luciana. Volvió a sentirse como la niña de 11 años—. Te necesito siempre. Eres lo único que tengo.
—No —dijo Gloria con firmeza—. Tienes todo. Tienes educación. Tienes poder. Tienes a Martha, que te adora. Tienes a Ramírez que daría la vida por ti. Y te tienes a ti misma.
Gloria señaló su propia cabeza.
—La verdadera herencia no es el dinero, Luciana. Es lo que tienes aquí adentro. Tu cerebro. Tu resiliencia. Sobreviviste al infierno y saliste sin quemarte. Eso… eso vale más que todos los edificios de Reforma.

Se quedaron en silencio viendo el atardecer. El cielo se pintó de morado y naranja, los colores de las jacarandas.
—Luciana —dijo Gloria suavemente—. Quiero pedirte un favor.
—Lo que sea, abuela.
—Llevame al cuarto de Daniel. Quiero ver su foto una vez más.

Luciana empujó la silla de ruedas hacia dentro de la casa, subió por el elevador que habían instalado para ella, y entró al antiguo cuarto de su padre, que ahora era una sala de estar privada llena de fotos familiares.
Gloria miró la foto de Daniel y Clara en la pared.
—Ya voy, hijo —susurró Gloria—. Ya te la cuidé. Ya está grande. Ya está lista.

Esa noche, Luciana se quedó a dormir en el cuarto de su abuela, en un sillón junto a la cama, sosteniendo su mano.
A las 3:33 de la mañana, sintió que la mano de Gloria se relajaba por completo.
Luciana despertó. El cuarto estaba en silencio. La respiración rasposa de su abuela se había detenido.
Gloria Montenegro, la Dama de Hierro, se había ido. Tenía una expresión de paz absoluta en el rostro, como si finalmente hubiera soltado el bastón con el que golpeaba al mundo para defender a los suyos.

Luciana no gritó. No se desesperó.
Lloró, sí. Lloró lágrimas silenciosas y calientes que rodaron por sus mejillas. Le besó la frente fría a su abuela.
—Gracias —susurró—. Gracias por salvarme. Gracias por creerme. Gracias por amarme.

Se puso de pie. Cerró las cortinas. Salió al pasillo y encontró a Martha, que ya estaba despierta, como si presintiera la muerte.
Al ver la cara de Luciana, Martha se tapó la boca y empezó a sollozar.
—Se fue —dijo Luciana. Su voz era firme, aunque sus ojos estaban llenos de agua—. Llama a Ramírez. Llama al notario. Y prepara el vestido negro de Chanel de mi abuela. El que usó cuando inauguró la torre. Ella quería irse vestida como una jefa.

El Funeral.

El funeral de Gloria Montenegro fue el evento del año. Políticos, empresarios, celebridades… todos estaban ahí, llenando la catedral de flores blancas.
Pero en primera fila, sola, vestida de negro riguroso y con lentes oscuros, estaba Luciana.
No lloró en público. Gloria se lo había prohibido. “Las lágrimas son sangre para los tiburones”.
Soportó los pésames hipócritas de gente que sabía que había traicionado a su abuela en el pasado. Les dio la mano con guantes de piel, asintió, y memorizó sus caras para destruirlos en los negocios más tarde.

Al salir de la catedral, la prensa la rodeó.
—¡Señorita Luciana! ¡Señorita Luciana! ¿Qué pasará con la empresa ahora? ¿Venderá las acciones? ¿Es verdad que es usted la mujer más rica de México a los 18 años?

Luciana se detuvo en la escalinata de la iglesia. Se quitó los lentes oscuros. Los flashes de las cámaras estallaron como relámpagos.
Miró a los periodistas. Miró a la ciudad.
—La empresa no se vende —dijo con voz clara, que captaron todos los micrófonos—. El legado Montenegro apenas comienza. Mi abuela construyó los cimientos. Yo voy a construir el cielo.

Subió a su limusina y el coche arrancó.

Epílogo: La Tierra Roja.

Un mes después del funeral, Luciana hizo un viaje sola. Sin chofer, sin escoltas visibles (aunque Ramírez la seguía a distancia prudente).
Condujo su propia camioneta hasta San Juan de las Piedras.
El pueblo seguía igual. Polvoriento. Olvidado.

Llegó a la antigua casa de adobe.
Estaba abandonada. El techo se había caído. La puerta colgaba de una bisagra.
Luciana bajó de la camioneta. Llevaba unos jeans y una camiseta blanca.
Se acercó a una vecina que estaba barriendo la calle.
—Buenas tardes, señora.
La vecina la miró, entrecerrando los ojos. No la reconoció.
—Buenas.
—¿Qué pasó con la gente que vivía aquí? ¿Félix y Amalia?

La vecina escupió al suelo.
—Uuuh, señorita. Esos ya no están. Les cayó una maldición, dicen. Hace años, una muchacha rica vino y les tiró un dineral en la cara. Se volvieron locos. Félix se bebió todo el dinero en una semana y le dio un congestión alcohólica. Se murió ahí mismo, en la banqueta.
Luciana asintió.
—¿Y Amalia?
—La Amalia se fue con el dinero que sobró. Se llevó a la hija, a la Liliana. Dicen que se fueron al norte, a tratar de cruzar. Pero la Liliana se escapó con un camionero y dejó a la madre tirada en Tijuana. Dicen que la Amalia anda pidiendo limosna en la frontera. Karma, le dicen. Pagaron lo que le hicieron a la huerfanita que tenían aquí. Esa niña era un ángel y ellos eran demonios.

Luciana miró las ruinas de la casa.
Entró con cuidado al patio. Vio el rincón donde solía dormir. Ahora solo había hierba seca y alacranes.
Vio el lugar donde estaba el fogón.
Cerró los ojos y respiró hondo. El aire olía a tierra seca y a libertad.
—Aquí morí —susurró Luciana—. Y aquí nací.

Sacó de su bolsa la foto vieja, la única que conservaba de su infancia. La foto de Sara, su madre adoptiva.
La puso sobre una piedra, donde solía estar su cama.
—Gracias, mamá Sara. Tú me mantuviste viva hasta que mi abuela pudo encontrarme. Descansa en paz. Ya nadie nos va a hacer daño.

Luciana salió de la ruina.
Se subió a su camioneta.
Miró por el retrovisor una última vez. La casa de adobe se hacía pequeña, hasta desaparecer en el polvo.
Encendió el radio. Puso música a todo volumen.
Aceleró hacia la carretera, hacia la Ciudad de México, hacia su torre de cristal, hacia su vida.

Noemí había sido una víctima.
La nieta perdida había sido un milagro.
Pero Luciana… Luciana era una leyenda. Y su historia apenas estaba escribiendo la primera página.

FIN

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