Gloria soltó una carcajada seca y terrible.
—¿Hija? —repitió Gloria, su voz resonando en la calle polvorienta—. ¿Te atreves a llamarla hija, pedazo de basura?
Gloria avanzó, con Luciana a su lado. Los guardias de seguridad formaron un semicírculo detrás de ellas, intimidantes, con las manos cerca de sus armas (aunque solo eran disuasivas).
Amalia retrocedió, chocando con Félix.
—¿Quién es usted? —preguntó Amalia, temblando—. ¿Por qué trae a la muchacha así vestida? ¿Se robó esa ropa? ¡Yo le dije que era ratera! ¡Nosotros no tenemos nada que ver!
Luciana sintió una oleada de furia caliente subirle por el cuello. Al escuchar la voz de Amalia acusándola otra vez, algo se rompió dentro de ella. Pero no fue una ruptura de debilidad. Fue la ruptura del dique que contenía su voz.
Luciana soltó la mano de su abuela y dio tres pasos al frente. Quedó cara a cara con Amalia.
Amalia era alta y gorda. Luciana era pequeña y delgada. Pero en ese momento, Luciana parecía medir tres metros.
—No me robé nada, Amalia —dijo Luciana. Su voz no tembló. Era firme. Clara—. Esta ropa es mía. Estos zapatos son míos. Y esa camioneta es mía.
Se quitó los lentes oscuros y clavó sus ojos negros en los de su madrastra.
—Vengo a devolverles algo.
—¿Qué… qué cosa? —tartamudeó Félix.
—El miedo —dijo Luciana—. Vengo a devolverles todo el miedo que me hicieron sentir durante diez años.
Amalia intentó recuperar su bravuconería habitual.
—Mira, escuincla igualada, no sé con quién te estés acostando en la ciudad para que te traigan así, pero aquí en mi casa me respetas o te…
Levantó la mano para darle una cachetada, un gesto reflejo de años de abuso.
Pero la mano nunca llegó.
El Capitán Ramírez interceptó el brazo de Amalia en el aire. Lo torció ligeramente, lo suficiente para causarle dolor y obligarla a bajarlo.
—Si vuelve a levantarle la mano a la señorita Montenegro, se la rompo —dijo Ramírez con voz monótona.
Amalia gritó de dolor y miedo.
—¡Suéltame! ¡Auxilio!
Ramírez la soltó y la empujó hacia atrás. Cayó sentada en el polvo, con las piernas abiertas, ridícula.
Gloria avanzó y se paró junto a Luciana.
—Déjame presentarte, Amalia, ya que veo que eres lenta de entendimiento —dijo Gloria—. Esta no es Noemí. Esta no es una “recogida”. Esta es Luciana Montenegro. Mi nieta. La heredera de un imperio que podría comprar este pueblo entero y convertirlo en estacionamiento si se me diera la gana.
Félix se llevó las manos a la cabeza.
—¿Nieta? ¿Imperio? Pero si… si la encontramos en el monte…
—La encontraron —dijo Gloria—. Y en lugar de buscar a su familia, en lugar de llevarla a la policía… se la quedaron. La escondieron. La esclavizaron.
Gloria señaló a Félix con su bastón.
—Tú sabías que ella no era tuya. Y la trataste peor que a un animal. Y tú… —señaló a Amalia—. Tú la quemaste. Tú la hambreaste.
La gente del pueblo murmuraba. Todos sabían cómo trataban a Noemí, pero nadie había dicho nada nunca. Ahora, la verdad estaba expuesta bajo el sol.
—Yo… yo le di techo… —lloriqueó Félix—. Le dimos de comer…
—¡Le daban sobras! —gritó Luciana. El grito salió de sus entrañas—. ¡Dormía en el piso! ¡Me vendiste, papá! ¡Me vendiste por dinero para emborracharte!
Luciana metió la mano en el bolsillo de su chamarra de cuero. Sacó un fajo de billetes. Eran pesos. Muchos.
—¿Querías dinero, Félix? —dijo Luciana—. ¿Eso es lo único que te importa?
Tiró el fajo de billetes al suelo, a los pies de Félix. Los billetes se esparcieron en la tierra.
—¡Trágalo! —gritó ella—. ¡Ahí está tu dinero! ¡Es lo último que vas a ver de mí en tu miserable vida!
Félix miró el dinero. Por instinto, se agachó para recogerlo.
La multitud soltó un murmullo de asco. Incluso en su humillación, la codicia ganaba.
Luciana lo miró arrastrarse por el dinero y sintió algo extraño. El odio desapareció.
Solo quedó lástima.
—Eres patético —dijo ella en voz baja—. Ya no te tengo miedo. Eres solo un viejo borracho y triste.
Se giró hacia Liliana, que miraba todo desde la puerta, con la boca abierta y envidia pura en los ojos.
—Y tú, Liliana… ojalá algún día salgas de aquí. Porque si te quedas con ellos, te vas a secar igual que su alma.
Gloria puso una mano en el hombro de Luciana.
—¿Terminaste, mi amor?
Luciana respiró hondo. El aire del pueblo ya no olía a tristeza. Olía solo a polvo.
—Sí, abuela. Terminé. Vámonos. Ya no hay nada aquí para mí.
Dieron media vuelta y caminaron hacia el Rolls Royce.
—¡Esperen! —gritó Amalia desde el suelo—. ¡Noemí! ¡Hija! ¡Perdónanos! ¡Llévanos contigo! ¡Podemos trabajar para ti!
Luciana se detuvo un segundo antes de subir al coche. No se giró.
—Noemí murió en esa camioneta el día que me vendieron. Y yo no contrato basura.
Subió al auto. Gloria subió tras ella.
Las puertas pesadas se cerraron, aislando los gritos de Amalia y los ladridos del perro.
El convoy arrancó.
Mientras se alejaban, Luciana miró por el espejo retrovisor. Vio a Félix y Amalia peleándose en el suelo por los billetes que ella había tirado. Se golpeaban, se arrebataban el dinero, revolcándose en la tierra.
Luciana recargó la cabeza en el asiento de cuero.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
Gloria se la limpió con su pulgar.
—¿Dolió? —preguntó la abuela.
—Sí —admitió Luciana—. Pero fue un dolor bueno. Como cuando te sacan una espina.
Gloria sonrió y le besó la frente.
—Ahora sí, mi niña. Ahora sí eres libre.
El coche aceleró, dejando atrás la nube de polvo, dejando atrás el pasado, y enfilándose hacia la carretera que llevaba de vuelta a la ciudad, al futuro, y al imperio que esperaba a su reina.
CAPÍTULO 8: LA CORONACIÓN DE LA REINA Y EL FINAL DE LOS TIEMPOS
Siete años después.
La Ciudad de México había cambiado. Había nuevos rascacielos perforando la capa de smog, nuevas autopistas de segundo piso, y el ritmo frenético de la capital parecía haberse acelerado aún más. Pero en el piso 50 de la Torre Montenegro, el tiempo parecía moverse al ritmo que marcaba una sola persona: Luciana.
A los dieciocho años, Luciana Daniel Montenegro ya no tenía ni un rastro de Noemí, la niña de la sierra. Era una mujer de una belleza intimidante. Sus rizos, antes rebeldes y llenos de polvo, ahora caían en cascadas perfectas sobre sus hombros, brillantes y cuidados. Su piel morena resplandecía bajo las luces de la oficina, y su mirada… su mirada tenía el peso de cien años de experiencia.
Estaba parada frente al ventanal de su oficina presidencial, mirando la ciudad a sus pies. Llevaba un vestido de seda blanco, sencillo pero devastadoramente elegante, y en su muñeca brillaba un reloj Patek Philippe que había pertenecido a su abuelo.
—Señorita Luciana —la voz de su asistente personal sonó por el intercomunicador—. La Junta de Accionistas está completa. La señora Gloria ya está conectada por videoconferencia desde la casa. La están esperando.
Luciana presionó el botón.
—Gracias, Sofía. Voy para allá.
Se giró hacia el espejo de cuerpo entero que tenía en la esquina. Se acomodó el saco blanco.
—Lista —se dijo a sí misma. No con miedo, sino con certeza.
Salió de la oficina. El sonido de sus tacones (clac, clac, clac) hizo que las secretarias y los ejecutivos junior se enderezaran en sus sillas al instante. Ya no era “la nieta de Doña Gloria”. Se había ganado su lugar a pulso. Había terminado la preparatoria con honores mientras aprendía a leer balances financieros en las noches. Había negociado fusiones con tiburones japoneses a los dieciséis años. Había despedido a directores corruptos sin que le temblara la mano.
Entró a la Sala de Juntas. Todos se pusieron de pie.
En la pantalla gigante al fondo, se veía a Doña Gloria. La matriarca tenía ahora ochenta y tantos años. Estaba en silla de ruedas, más delgada, con el cabello completamente blanco como la nieve, pero sus ojos detrás de los lentes seguían siendo agudos como láseres.
—Siéntense —dijo Luciana, tomando la cabecera.
La reunión fue brutalmente eficiente. Luciana desmanteló los argumentos de un socio que quería reducir la calidad de los materiales de construcción para ahorrar dinero.
—En esta empresa no vendemos cemento barato, Licenciado —dijo Luciana, lanzando el reporte sobre la mesa—. Vendemos seguridad. Vendemos el legado Montenegro. Si quiere ahorrar centavos, vaya a vender tacos de canasta. Aquí construimos imperios.
El licenciado se sentó, rojo de vergüenza.
Gloria, desde la pantalla, sonrió levemente. Su obra estaba completa.
Al salir de la reunión, el Capitán Ramírez (ahora jefe de seguridad global de la corporación y con algunas canas más) se acercó a Luciana con discreción.
—Señorita… hay un… incidente en la recepción del lobby.
Luciana arqueó una ceja, sin detener su paso hacia el elevador privado.
—¿Qué tipo de incidente, Ramírez? ¿Paparazzis?
—No, señorita. Es… una mujer. Dice que es familiar suya. Está haciendo un escándalo. Dice que tiene derecho a verla.
Luciana se detuvo. El elevador llegó, pero no entró.
—¿Quién es?
Ramírez bajó la voz, incómodo.
—Es la señora Vanesa. O lo que queda de ella.
Luciana sintió un piquete en el estómago. No era miedo. Era curiosidad morbosa. No había visto a Vanesa ni a Enrique en siete años. Gloria se había asegurado de bloquearlos de todo: cuentas, clubes sociales, amistades. Habían sido exiliados de su propio mundo.
—Déjala pasar —dijo Luciana.
—¿Señorita? Está… en mal estado.
—Dije que la dejes pasar. Que suba. Pero que la revisen antes. No quiero sorpresas.
Diez minutos después, las puertas del elevador se abrieron en el piso ejecutivo.
Luciana estaba esperando en el pasillo, de pie, con los brazos cruzados.
Lo que salió del elevador fue un espectro.
Vanesa llevaba un vestido que alguna vez fue de marca, pero que ahora estaba manchado y le quedaba grande. Estaba extremadamente delgada, con la piel curtida por el sol y el descuido. Su cabello, antes rubio platino de salón, tenía raíces negras de diez centímetros y estaba grasoso. Pero lo peor eran sus ojos: inyectados de sangre, desesperados, locos.
Al ver a Luciana, Vanesa intentó enderezarse, intentó recuperar un poco de su antigua arrogancia, pero falló miserablemente.
—Luciana… —graznó Vanesa. Olía a alcohol barato y a tabaco.
—Señora Vanesa —respondió Luciana con frialdad—. Ramírez me dijo que estaba haciendo un escándalo. ¿Qué quiere?
Vanesa miró alrededor, al lujo de la oficina, al mármol, al arte en las paredes. Todo lo que alguna vez creyó suyo.
—Vengo a… vengo a pedirte que tengas piedad —dijo Vanesa, y su voz se quebró—. Enrique está muy enfermo. Tiene cirrosis. Está en un hospital público, en una cama en el pasillo. Se está muriendo, Luciana. No tenemos dinero para las medicinas.
Luciana no movió un músculo.
—¿Y eso es problema mío por qué?
—¡Es tu tío! —gritó Vanesa, desesperada—. ¡Es sangre de tu sangre! ¡Es hijo de Gloria! ¡Por el amor de Dios, niña, ten corazón! ¡Necesitamos dinero! ¡Solo un poco! ¡Lo que te gastas en esos zapatos nos salvaría la vida!
Luciana caminó lentamente hacia ella. El contraste era brutal: la reina de blanco inmaculado frente a la mendiga de harapos sucios.
—¿Corazón? —preguntó Luciana suavemente—. ¿Ustedes tuvieron corazón cuando encerraron a mi abuela en un cuarto oscuro y esperaron a que se muriera? ¿Tuvieron corazón cuando me trataron como a un animal? ¿Tuvieron corazón cuando me llamaban “Tlacuache” y se burlaban de mi hambre?
—¡Éramos ignorantes! —lloró Vanesa, cayendo de rodillas—. ¡Perdónanos! ¡Estamos pagando! ¡Mira cómo vivimos! ¡Enrique llora todos los días pidiendo perdón!
Luciana la miró desde arriba. Recordó la vez que Vanesa le ordenó tirar las cosas de su padre a la basura. Recordó el asco con el que la miraba.
—El perdón es para Dios, Vanesa. Yo soy solo la CEO. Y mi trabajo es administrar recursos. Darle dinero a ustedes sería una mala inversión.
—¡Eres un monstruo! —chilló Vanesa—. ¡Eres igual que tu abuela! ¡Fría! ¡Sin alma!
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