LA VENDIERON COMO SIRVIENTA A UNA MANSIÓN POR SER “LA HIJA DE NADIE”

Pero no podía dormir.
El lujo la abrumaba. El silencio la asustaba.
Se levantó y fue al espejo del tocador. Se miró la marca en el hombro. La luna.
De repente, la imagen en el espejo pareció ondularse. Por un segundo, no vio a la niña limpia y bien vestida. Vio a Noemí, sucia, con el vestido roto, llorando.
Y detrás de Noemí, vio la cara de Amalia riéndose.
“Eres una recogida. Una nadie. Bruja.”

Luciana cerró los ojos y sacudió la cabeza.
Se metió a la cama, tapándose hasta la cabeza con el edredón de plumas.
El sueño llegó, pero no fue un descanso. Fue una caída.

Estaba de vuelta en la cocina de adobe. El fuego del comal estaba demasiado alto. Las llamas lamían las paredes. Hacía un calor infernal.
Amalia estaba ahí, gigante, monstruosa, con una olla de frijoles hirviendo en las manos.
—¡Tienes hambre, gata! —rugía Amalia—. ¡Pues traga!
Amalia le volcaba la olla encima.
Pero no eran frijoles. Eran monedas de oro. Monedas hirvientes que se le pegaban a la piel y la quemaban.
Luciana intentaba gritar, pero de su boca no salía voz, salía tierra. Tierra seca de la sierra.

—¡No! —gritó Luciana, despertando de golpe, empapada en sudor.

La puerta de su habitación se abrió al instante.
Gloria entró, con su camisón de seda y el bastón en la mano. A pesar de su edad, tenía el sueño ligero de un soldado.
—¡Luciana! ¿Qué pasa?
Se acercó a la cama y se sentó. Luciana temblaba violentamente.
—Estaban aquí… Amalia… el fuego… —sollozó Luciana, aferrándose al brazo de su abuela—. Abuela, siento que me quemo. Me duele el pecho.

Gloria tocó el pecho de la niña, justo donde estaba la cicatriz vieja de la quemadura real. La piel estaba fría, pero la memoria del dolor estaba al rojo vivo.
—Shhh… ya pasó. Fue un sueño. Estás en Las Lomas. Estás segura.
—No, abuela. No estoy segura —lloró Luciana, con la voz rota de una niña pequeña—. Ellos siguen allá. Ellos saben quién soy. Ellos me vendieron. Y si… y si vienen por mí? Y si le dicen a la gente que soy una bruja y me llevan otra vez?

Gloria sintió cómo se le endurecía el corazón. Entendió en ese momento que el dinero y el poder no eran suficientes. Podían comprarle ropa, podían comprarle una empresa, pero no podían comprarle la paz mental. Mientras los fantasmas de su pasado siguieran respirando tranquilos en esa sierra, Luciana nunca dejaría de ser la niña asustada bajo la cama.

Gloria acarició el pelo sudado de su nieta.
—Tienes razón —dijo Gloria con voz sombría—. No estás segura. Porque una herida no cierra si la dejas sucia. Hay que limpiarla. Y a veces, limpiar duele.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Luciana, limpiándose los mocos.
Gloria miró hacia la ventana, hacia la oscuridad de la noche.
—Vamos a ir.
—¿Ir a dónde?
—A San Juan de las Piedras. Al pueblo. A la casa de adobe.
Luciana se tensó. El pánico brilló en sus ojos.
—¡No! ¡No quiero volver! ¡Me van a pegar!
—No vas a volver como Noemí —dijo Gloria, tomándola de los hombros con fuerza—. Vas a volver como Luciana Montenegro. Y no vas a ir sola. Vas a ir conmigo. Y con un ejército si es necesario.

Gloria se puso de pie, la decisión tomada.
—Esos animales te robaron diez años de vida. Te maltrataron. Te quemaron. Y luego te vendieron por unos pesos. Creen que se salieron con la suya. Creen que estás aquí sirviendo mesas.
Gloria apretó el puño sobre la empuñadura de plata de su bastón.
—Vamos a ir a enseñarles que la niña que vendieron ahora es la dueña de sus vidas. Vamos a cerrar el ciclo, Luciana. Necesitas verlos a los ojos y darte cuenta de que ellos son pequeños y tú eres gigante.

—¿Cuándo? —preguntó Luciana, con un hilo de voz.
—Mañana mismo. Prepara tu corazón, mi niña. Porque mañana vamos a cazar demonios.

A la mañana siguiente, la calle frente a la mansión parecía una base militar.
No era solo el Rolls Royce. Había tres camionetas blindadas Suburban negras tipo escolta. Gloria había llamado al Jefe de Seguridad, Ramírez, y le había dado una orden simple: “Quiero una demostración de fuerza. Quiero que parezca que va a viajar el Presidente”.

Ramírez había cumplido. Había ocho guardias armados, vestidos de traje negro y lentes oscuros, con auriculares en el oído.
Martha preparaba una canasta con comida para el viaje, persignándose cada vez que pasaba frente a la capilla de la casa.
—Que Dios las acompañe a ese nido de víboras —decía.

Luciana salió a la entrada. Llevaba unos jeans de marca, botas de piel y una chamarra de cuero negra que le quedaba un poco grande pero que la hacía sentir blindada. Llevaba el pelo suelto, rizado y salvaje.
Gloria salió detrás de ella. Iba vestida para el campo, pero a su estilo: pantalones caqui, botas de montar inglesas, una blusa blanca impecable y un sombrero Panamá para el sol. Y, por supuesto, sus lentes oscuros.

—Suban —ordenó Gloria.

El convoy arrancó.
El viaje fue largo. Cinco horas de carretera.
Primero, las autopistas anchas y modernas. Luego, las carreteras estatales llenas de baches. Y finalmente, el camino de terracería que serpenteaba hacia la sierra.
El polvo rojo empezó a cubrir los coches negros brillantes.
Luciana miraba por la ventana. Su corazón latía al ritmo de los baches. Reconocía cada árbol. Reconocía la tiendita donde una vez robó un chicle porque tenía tanta hambre que le dolía la cabeza. Reconocía el puente donde se sentaba a llorar.

—Todo se ve más chiquito —murmuró Luciana.
—El miedo hace que las cosas parezcan grandes —dijo Gloria—. Pero en realidad, este lugar es minúsculo.

Llegaron a San Juan de las Piedras al mediodía. El sol caía a plomo, tal como el día en que se la llevaron.
El convoy de camionetas negras causó un revuelo inmediato. Los niños corrían detrás de los coches, gritando. Las señoras salían de sus casas, limpiándose las manos en los delantales, cuchicheando.
“¿Quién se murió?”
“¿Es el gobernador?”
“¿Son narcos?”

La procesión de vehículos avanzó lento, levantando nubes de polvo, hasta detenerse frente a la casa más miserable de la calle principal. La casa de Félix.
La cerca de palos estaba más caída que antes. Había un perro flaco ladrando amarrado a un árbol.

El Capitán Ramírez bajó primero de la camioneta líder. Abrió la puerta del Rolls Royce (que iba en medio, protegido).
Gloria bajó. Se ajustó el sombrero. Miró la casa con un asco que no intentó disimular.
—Así que aquí vivía mi princesa… en este chiquero.
Luego, extendió la mano hacia el interior del coche.
—Ven, Luciana. Sal.

Luciana tomó aire. Sintió que le faltaba el oxígeno. Sus piernas eran de plomo.
Tú puedes. Eres un tanque de guerra.
Tomó la mano de su abuela y salió a la luz.

El silencio en la calle se hizo total. Los vecinos se habían aglomerado alrededor, mirando el espectáculo.
La puerta de la casa de adobe se abrió.
Salió Félix. Llevaba la misma ropa sucia de siempre, una camiseta de tirantes manchada de salsa y pantalón de mezclilla roto. Se veía más viejo, más acabado por el alcohol. Seguramente el dinero de la venta de Noemí ya se lo había bebido.
Detrás de él salió Amalia, comiéndose una tostada. Y Liliana, con su uniforme de secundaria.

Al ver las camionetas y los hombres armados, Félix palideció. Se le doblaron las rodillas.
—Ay, Diosito… ya vienen por nosotros… seguro la niña hizo algo malo y vienen a cobrarnos… —balbuceó Félix.
Amalia escupió la tostada.
—¡Cállate, viejo estúpido! ¡Seguro vienen a traernos más dinero! A lo mejor la niña se murió trabajando y nos traen la indemnización.

Amalia se limpió la boca con el brazo y avanzó, intentando poner su mejor cara de hipocresía.
—¡Buenas tardes, señores! ¡Qué milagro! ¿Buscan a Don Félix? Aquí está su servidor…

Entonces, Gloria y Luciana dieron un paso adelante, saliendo de la sombra del auto.
Amalia se frenó en seco.
Sus ojos se clavaron en la niña.
Reconoció los rizos. Reconoció la cara. Pero no reconoció la ropa, ni la postura, ni la mirada.
—¿Noemí? —preguntó Amalia, incrédula.

Félix entrecerró los ojos, cegado por el sol.
—¿Hija?

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