El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
Enrique miró a Noemí. Realmente la miró por primera vez. Vio los rizos. Vio la marca en el hombro que el cuello del vestido dejaba entrever ligeramente al moverse. Vio a su hermano muerto en la cara de esa niña.
—No… —susurró Enrique—. Ella murió. Ella se ahogó en el río.
—No se ahogó —dijo Gloria, poniéndose de pie—. Sobrevivió. Y fue vendida como esclava. Y tú, pedazo de imbécil, la compraste y la metiste a mi casa. Tú mismo trajiste tu destrucción a domicilio.
Gloria golpeó la mesa con el puño.
—Señores, esta niña es mi nieta. La hija de Daniel. Y a partir de este momento, ella y yo retomamos el control de esta compañía.
Gloria se volvió hacia Enrique y Vanesa. Su rostro era una tormenta perfecta.
—Enrique. Vanesa. Tienen cinco minutos para salir de mi edificio. Y cuando digo salir, me refiero a que si los veo en el lobby en seis minutos, haré que los saquen a patadas.
—¡No puedes hacernos esto! —chilló Vanesa—. ¡Yo soy accionista!
—Tú eres una garrapata —cortó Gloria—. Y mis abogados ya están auditando tus gastos. “Gimnasio de yoga”, “Viajes a París”. Todo con dinero de la empresa. Vas a ir a la cárcel, Vanesa. Te lo prometo.
Vanesa miró alrededor buscando apoyo. Nadie la miró. Los consejeros bajaron la vista. Eran leales al dinero y al poder, y estaba claro quién tenía el poder ahora.
Enrique se dejó caer en su silla, derrotado.
—Mamá… por favor…
—No me digas mamá —dijo Gloria con frialdad—. Tú dejaste de ser mi hijo el día que me encerraste en ese cuarto a pudrirme. ¡Fuera!
El Capitán Ramírez, el jefe de seguridad, entró a la sala. Había escuchado todo desde afuera.
Se acercó a Enrique y Vanesa.
—Señor… Señora… por favor, acompáñenme. O tendré que usar la fuerza.
Vanesa, roja de ira y humillación, agarró su bolsa. Pasó junto a Noemí y le siseó:
—Esto no se queda así, gata. Me las vas a pagar.
Noemí no retrocedió. La miró a los ojos y dijo, con una calma que heló la sangre de Vanesa:
—Cuidado al salir, señora Vanesa. El piso está resbaloso. Y ya no tiene quién la levante.
Vanesa soltó un grito de frustración y salió taconeando furiosa. Enrique la siguió, arrastrando los pies como un fantasma en vida.
Las puertas se cerraron tras ellos.
Gloria suspiró y se dejó caer en la silla, agotada por el esfuerzo.
La sala quedó en silencio.
Noemí se acercó a su abuela y le puso una mano en el hombro.
—¿Estás bien, abuela?
Gloria levantó la vista y sonrió. Una sonrisa cansada, pero victoriosa.
—Estoy mejor que nunca, mi niña. Mejor que nunca.
Se giró hacia la mesa llena de ejecutivos atónitos.
—Bueno, señores. El espectáculo terminó. Tenemos una empresa que salvar y una heredera que entrenar.
Señaló la silla vacía a su derecha, la que antes ocupaba Vanesa.
—Luciana, siéntate.
Noemí miró la silla de piel negra. La silla del poder.
Caminó hacia ella. Se sentó. Puso sus manos sobre la mesa de caoba.
Miró a los doce hombres y mujeres más poderosos de la empresa.
—Buenos días —dijo Noemí—. ¿En qué estábamos? Ah, sí. La división de logística no se vende.
Y en ese momento, en el piso 40 de la Torre Montenegro, bajo la mirada orgullosa de la Dama de Hierro, la niña de la sierra murió definitivamente.
Larga vida a Luciana Montenegro.
CAPÍTULO 7: EL ECO DE LAS PESADILLAS Y EL REGRESO A LA TIERRA ROJA
El regreso a la mansión de Las Lomas no fue un desfile victorioso, sino un desembarco estratégico. El Rolls Royce negro se deslizó por las calles arboladas bajo un cielo que finalmente se había despejado, dejando un azul intenso que lastimaba los ojos acostumbrados a la penumbra.
Dentro del coche, el silencio era denso. Noemí —ahora Luciana— miraba por la ventana, viendo pasar las mismas calles que seis meses atrás le habían parecido laberintos de oro inalcanzable. Ahora, le pertenecían. Pero en su estómago, el nudo del miedo no se deshacía del todo. La adrenalina de la sala de juntas se estaba disipando, dejando paso a un temblor frío en sus manos.
—Deja de pellizcarte la mano, niña —dijo Gloria sin mirarla, con la vista fija al frente—. Te vas a sacar sangre.
Luciana soltó su propia piel.
—Tengo miedo de que sea un sueño, abuela. Tengo miedo de despertar y estar otra vez en el petate, con Amalia gritándome que se me quemaron las tortillas.
Gloria suspiró y extendió su mano, cubriendo la de su nieta. Su piel de papel de arroz sobre la piel joven y morena de Luciana.
—Las pesadillas son tercas, mi amor. Se quedan pegadas en la mente como chicle en el zapato. Pero te prometo algo: si despiertas en ese petate, yo voy a estar ahí para quemarlo. Ya no estás sola. Nunca más.
El coche entró en la propiedad.
Lo que encontraron al llegar fue el caos.
La puerta principal estaba abierta de par en par. Desde el jardín se escuchaban gritos.
Vanesa.
Bajaron del coche. El Capitán Ramírez, que había seguido al Rolls Royce en una camioneta de escolta (porque Gloria no dejaba cabos sueltos), corrió a abrirles la puerta.
Entraron al vestíbulo.
Parecía que un huracán había pasado por ahí. Había maletas Louis Vuitton tiradas en el suelo, abiertas, vomitando ropa de diseñador. Había cajas de zapatos volcadas. Y en medio del desastre, Vanesa estaba forcejeando con Martha y dos guardias de seguridad privada que Gloria había contratado esa misma mañana.
—¡Suéltenme, indios mugrosos! —chillaba Vanesa, con el rímel corrido y el pelo, usualmente perfecto, hecho una maraña—. ¡Esta es mi casa! ¡Esas son mis cosas! ¡Ese jarrón es mío!
Vanesa tenía abrazado un jarrón Ming de la dinastía Qing que valía más que toda la colonia donde vivía Félix.
Enrique estaba sentado en los escalones de la gran escalera, con la cabeza entre las manos, llorando en silencio, derrotado por la resaca y la ruina.
Gloria golpeó el suelo con su bastón. El sonido seco resonó como un disparo en el mármol.
—¡Basta!
Todos se congelaron. Vanesa se giró, jadeando, aferrada al jarrón.
—Tú… vieja bruja… —siseó Vanesa—. Me quitaste todo.
—Yo no te quité nada —dijo Gloria con calma helada—. Tú lo perdiste. Lo apostaste en el casino de tu arrogancia y perdiste. Y ese jarrón… —Gloria señaló la porcelana—. Ese jarrón fue un regalo de bodas de mi difunto esposo. Si das un paso más con él, te juro que te acusaré de robo de arte patrimonio de la familia. Y eso son diez años de cárcel, querida. Sin fianza.
Vanesa miró el jarrón. Miró a Gloria. Miró a los guardias armados.
Con un grito de rabia pura, levantó el jarrón por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo.
¡CRASH!
Miles de pedazos de porcelana azul y blanca salieron volando.
El silencio que siguió fue aterrador.
Gloria no parpadeó. Ni siquiera se inmutó.
Miró los pedazos rotos y luego miró a Vanesa con una lástima profunda.
—Pobre mujer. Crees que rompiendo cosas me haces daño. Ese jarrón estaba asegurado por medio millón de dólares. Acabas de darme el dinero para remodelar la piscina. Gracias.
Vanesa se quedó paralizada, temblando.
—Ramírez —llamó Gloria—. Saca a esta basura de mi casa. Y asegúrate de que revisen sus bolsas. No quiero que se lleven ni una cuchara de plata. Lo único que pueden llevarse es la ropa que traen puesta y sus artículos de aseo personal. Nada de joyas. Nada de relojes. Todo eso se compró con dinero de la empresa y ahora es evidencia de su malversación.
—¡No! —gritó Vanesa mientras los guardias la agarraban de los brazos—. ¡Mis joyas no! ¡Son mías! ¡Enrique, haz algo!
Enrique levantó la cara, roja e hinchada. Miró a su madre.
—Mamá… ¿a dónde vamos a ir? No tenemos a dónde ir. Nos cancelaste las tarjetas.
—No lo sé, Enrique —dijo Gloria—. Tal vez podrías buscar trabajo. Escuché que en el autolavado de la esquina están contratando. Siempre fuiste bueno lavando tus propios errores, a ver si sirves para lavar coches.
Los guardias arrastraron a Vanesa, que pataleaba y maldecía, y levantaron a Enrique. Los sacaron a la calle y cerraron el portón negro tras ellos.
Sus maletas de ropa fueron lanzadas a la acera poco después.
Dentro de la casa, el aire pareció limpiarse de golpe.
Gloria se giró hacia el personal de servicio, que estaba agrupado en la cocina, temeroso.
—Escúchenme todos —dijo Gloria—. La era del terror se acabó. Enrique y Vanesa ya no existen para nosotros. A partir de hoy, la patrona soy yo. Y mi segunda al mando es mi nieta, Luciana.
Señaló a Noemí/Luciana.
—Quiero que la traten con el mismo respeto con el que me tratan a mí. Si ella pide agua, corren. Si ella pide silencio, se callan. Pero… —Gloria suavizó la voz—. También les prometo algo. Se acabaron los gritos. Se acabaron los despidos injustificados. Se acabaron los abusos. A partir de mañana, todos tienen un aumento del 30% y seguro médico completo.
Un murmullo de incredulidad y alegría recorrió al grupo. Martha lloraba abiertamente.
—Gracias, señora. Gracias.
—Ahora, a trabajar. Quiero esta casa limpia de la energía de esa mujer para la noche. Quemen incienso, abran ventanas. Que se vaya el olor a su perfume barato.
Esa noche, Luciana entró por primera vez a su verdadera habitación.
No era el cuartucho de servicio. Gloria había ordenado que le prepararan la Suite de Invitados Principal, mientras redecoraban el antiguo cuarto de Daniel para ella.
La habitación era inmensa. Tenía una cama King Size con dosel, alfombras persas que acariciaban los pies, y un balcón que daba al jardín. Tenía su propio baño con tina de hidromasaje.
Luciana se paró en el centro de la habitación, sintiéndose minúscula.
Se quitó los zapatos de charol. Caminó descalza sobre la alfombra.
Se sentó en la orilla de la cama.
—Es mía —pensó—. Todo esto es mío.
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